Delante de un objeto solo queda mirar e interpretar en qué consiste eso. Un eso puede ser cualquier cosa. En la niñez se aprende a identificar lo que se mueve, lo que no se mueve y el nombre que le han dado a lo que nos rodea, para repetir y decir. Eso es hablar, en una lengua o en varias. Por lo tanto, ha de durar la niñez ya que el aprendizaje es continuo y complejo. Después, cuando tenemos una cierta información del mundo propio y del cercano, queda entrar en todo lo demás. Imposible abarcar ese todo. Cuanto más se sabe más ignorante se siente cualquier ser curioso. Por eso las especializaciones. El conocimiento humano se ha forjado en la observación y el apunte de las reflexiones. Antes, papélidos libros y enciclopedias ilustraban el pesado saber. Se crearon bibliotecas. Para ordenar la sapiencia, las escuelas y las universidades han compartimentado la cultura. 

Confieso que lo que yo he aprendido, lo que sé, lo que he olvidado, ha seguido una ruta deslavazada y errática. Confieso mi ignorancia perpetua, con algunos colgajos sabios que se han quedado adheridos a mi memoria. Ay la memoria, cuando ese archivo emerge, me sorprende. Un cuévano resonante. Colecciono palabras. Siempre me ha ocurrido que, al rescatar la palabra adecuada para expresar un sentimiento, el concepto sale por mi boca para acomodarse a lo que quiero decir y ahí debe haber armonía. El lenguaje es un artefacto vivo, necesita posarse en un terreno fértil con un vapor suave, el hálito. La palabra es lo que me hace humana, transcribe el galimatías de mi mente que tiene su propia academia de la lengua. Si no estoy aturullada por querer explicarme intento hablar con coherencia. A menudo, me sorprendo diciendo una palabrota o un desatino como una tourette recién nacida. Desde pequeña me hablo en voz alta para entenderme: me regaño o me consuelo. El personaje que soy se achanta si le hablo claro. Llevo años en un debate digno de un parlamento.  

Soy tímida, pero con gran carácter. Como actriz, lucho por memorizar y me lanzo a los acantilados del texto y del cuerpo como una suicida. Mi cuerpo se mueve y habla, pero suelo estar en algún rincón del techo, del set o del escenario, observándome. Me desdoblo y me veo y me escucho. Es un gran problema esa disociación. No tengo método para la interpretación y la perpetua sensación de no haber sido dirigida, nunca, correctamente. Me ha faltado mucha práctica actoral. Ser autodidacta -que lo soy en todas mis artes- es una orfandad. 

La palabra es sagrada. Entenderse no es fácil. Por lo general, en el mundo social, las conversaciones son superficiales, impostadas o a galope. Siempre trato de conceder a los seres con los que comparto confidencias, espacio y tiempo, para que se expliquen. Mi escucha es consciente, si tengo que decir algo espero a comprender, primero, qué me expone esa persona. Las personas quieren, necesitan, ser escuchadas, sostenidas con una mirada a ser posible. De inmediato, las personas no necesitan respuestas, se las tienen que dar ellas mismas, por eso, escuchar es un arte sutil, una gran generosidad. Que me escuchen a mí… se me enfadan los interlocutores si defiendo el espacio para acabar lo que quiero decir. Sobre todo, por teléfono. Si cometo el error y cojo carrerilla la conversación se enrosca en un bucle y tampoco sirve. Me pasa que hablo despacio y mis historias son complejas. Conversar, solo es un acto perfecto en los guiones de cine o en los libretos de teatro. 

Vivo en silencio. Solitaria y urbana, gran parte del día me lo paso escuchando, la calle, el autobús, el supermercado, las conversaciones cazadas al vuelo. En medio de esa geografía de palabras inconexas traduzco los pequeños mundos ajenos. La radio, la televisión, los bares, los restaurantes, allí, a todo volumen, están las palabras dándose bandazos. Hay mucho ruido que me perturba, conversaciones a gritos para invadir la atmósfera de por sí cargada. Compruebo que se escucha para contestar rápido. A la hora de escuchar en silencio la gente va a las iglesias, a los templos, a las mezquitas, porque necesitan escuchar sermones. Le hablaba yo a mis muñecas porque no tenía ni gato. Menudas charlas con mis amigos invisibles -que ahora sé- que son mis ángeles, mis guías. Dentro de mi está el dios que me escucha y el que me habla. En pleno conflicto personal, verbalizo y se lo cuento a mis cuadros, a mis dibujos, a mis piezas, la columna de Simón en la que apoyarme. Ellos aguantan la perorata. Si vuelvo al silencio, todo responde. Por eso escribo, para entenderme

En este Madrid en el que vivo, mi templo favorito es el Museo del Prado. Es una Medina activa, un mercado de emociones visuales. Cuando quedaba e iba con mi maestro y amigo Juan Barjola a ver pintura -fundamentalmente a estar allí y respirar esas salas para tener el coraje de seguir pintando- mirábamos mucho, también a la gente. Hablábamos poco. Con los grupos, capitaneados por un guía, pegábamos la oreja, siempre se aprende algo. Lo que nos fascinaba era escuchar de rondón a algún erudito de pacotilla que explicaba alguna pintura concreta a sus acompañantes, docto él. El espionaje nos atrapaba. Cuántas teorías, tonterías y sandeces escuchan los cuadros, también las esculturas, por supuesto. En los cuadros antiguos los pigmentos todavía están vivos, volúmenes ópticos que nos introducen en epopeyas o en retratos carnales. Así hemos conocido el pasado. Los dibujos, los cuadros aguantan miradas, silencios, interpretaciones, definiciones. Todo lo que les ha sido vertido encima, pátina de miradas, alientos, asombros y explicaciones, si ellos hablaran, contestarían lo que, justo, necesitamos saber. Son eso, un objeto bastante sencillo pero infinito en su complejidad. Pacientes ellos, en su inmovilidad no pueden escaparse de las paredes, de los almacenes, ni siquiera del olvido.