El 28

No es un horizonte de mar y aire, ni un barco con ruta cortada a cuchillo sobre el agua quieta. 

No es un viaje de exploradores entrando a un mundo salvaje, que lo es.

No es el paso de la Laguna Estigia, aunque todos seamos Caronte hacia un destino incierto. 

Es el autobús 28, que vuela a demanda sobre un asfalto de petróleo y piedras. 

Ahí va y viene. Cada trayecto, conecta un sube y baja al infierno personal o al cielo insólito. 

Las almas que viajan creen que son cuerpos o bultos que se estrujan o empujan. Y no. 

Esas almas destilan pensamientos enredados a maromas largas de sargazos. 

Estos tirabuzones de estopa tejen miradas furtivas, son las gaviotas tontas de un interés instantáneo. 

Es un cajón azul bamboleo un autobús 28. Con los boquerones urbanos, cruza calles, galopa por avenidas y mueve las rutinas. 

Los pasajeros camuflan su anonimato, no perciben que el aviso del amor puede ser un empujón o en un leve parpadeo timorato. 

Todo es fugaz: los trayectos conducen los recados urgentes o los paseos a ninguna parte.  

Vacío o lleno, no se cansa de acoger los cansancios, las prisas o los trayectos baldíos.  

Sus ventanas emiten cielos enormes o edificios compuestos por fealdad organizada. 

Si descansa, tiene que organizar el egregor de pensamientos que se le quedan pegados, un galimatías más lleno que los cuerpos que paseó durante el día. 

Paciente el autobús 28, nomás que los pasajeros de rutina y bolsas y maletas y bultos y carritos y trastos y mochilas. 

El autobús 28 me conoce desde hace mucho, aunque algunas veces le cambio por aviones o barcos, me espera de vuelta. 

No le traiciono a menudo por un taxi, vuelvo él, al palco del asiento reservado. 

Mi bastón africano sirve de remo para mi andarina vida. Remo de galera esclava a la vida. 

Autobús 28, caja al trote, ahí me lleva. 

Tras esta poética, quiero contar que cuando mis padres pudieron acceder al piso de Protección Oficial del Ministerio de la Vivienda, cuyo ministro franquista, José Luis de Arrese, dio nombre a mi calle, yo, tenía 13 años. 

En aquella zona arrabalera ya habían empezado a construir la M30, arrasando aquellas huertas del Arroyo del Abroñigal que las regaba. En ese descampado, existía una fábrica de ladrillos con su alta chimenea y el suelo era tan rojo como las praderas africanas más famosas. Concedido aquel pisito básico, en aquel lugar al que se accedía al centro de Madrid con camionetas, los vecinos no tuvimos ni luz, ni agua corriente en los pisos: vivimos una primavera, un verano, un otoño y parte del invierno, asalvajaos. Todo quedaba tan lejos: al principio, fui a un colegio por Ventas y recuerdo que hacía los deberes iluminada con un candil de petróleo. Más tarde en el barrio, fui a un colegio instalado en un piso diminuto, regentado por don Emiliano y doña Celia que nos desasnaban como podían. La alegría por poder tener una casa dio paso al tremendo esfuerzo vecinal por conseguir los servicios básicos: el barrio de La Elipa tardó años en conseguir alcantarillado, calles asfaltadas, un mercado y un autobús, el 28.

Desde que se estrenó la película El 47, basada en el secuestro del autobús 47, que ejecutó el conductor Manuel Vidal en la carretera Alta de les Roquetes, en dirección a Torre Baró, para demostrar que el autobús podía subir aquellas cuestas y ayudar al transporte de aquellos vecinos que habían construido sus casas -como buenamente habían podido- y poder trabajar en la gran Barcelona. Desde entonces, me he preguntado con más fuerza cómo fue la gesta del implante del bus 28 en La Elipa, sustituyendo las antiguas rutas de las camionetas. En esta época, con mis 77 años actuales, después de vivir más de cuarenta años muy cerca de la puerta de Alcalá, ahora que he vuelto a vivir «fuera de la almendra central» y otra vez el autobús 28 me traslada al centro, casi a diario, atravieso con el 28 el barrio de La Elipa, que no ha cambiado apenas, exceptuando los flamantes ascensores exteriores que se han podido instalar, al fin, para su envejecido vecindario. Lo único que reconozco es que sobrevive milagrosamente la pastelería La Gloria y en cada rostro anciano que sube al autobús quiero descifrar alguna amistad juvenil de aquellos años. Desde su cabecera en Canillejas a su final en la Puerta de Alcalá, el 28 siempre va lleno, eso ralentiza el trayecto, con tantas paradas y el sube y baja de la gente. Como una tortuga azul, muchos trayectos del 28 no tienen nada que ver con los 40.000 kilómetros por hora que llevaba la nave Orión a su regreso a la Tierra, pero en si, el autobús es una cápsula transportadora que nos junta, nos estruja y nos mueve a los humanos viajeros, que experimentamos ingravidez mental si somos capaces de soñar, mientras tanto, en un abarrotado trayecto urbano.    

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