Delante de un objeto solo queda mirar e interpretar en qué consiste eso. Un eso puede ser cualquier cosa. En la niñez se aprende a identificar lo que se mueve, lo que no se mueve y el nombre que le han dado a lo que nos rodea, para repetir y decir. Eso es hablar, en una lengua o en varias. Por lo tanto, ha de durar la niñez ya que el aprendizaje es continuo y complejo. Después, cuando tenemos una cierta información del mundo propio y del cercano, queda entrar en todo lo demás. Imposible abarcar ese todo. Cuanto más se sabe más ignorante se siente cualquier ser curioso. Por eso las especializaciones. El conocimiento humano se ha forjado en la observación y el apunte de las reflexiones. Antes, papélidos libros y enciclopedias ilustraban el pesado saber. Se crearon bibliotecas. Para ordenar la sapiencia, las escuelas y las universidades han compartimentado la cultura. 

Confieso que lo que yo he aprendido, lo que sé, lo que he olvidado, ha seguido una ruta deslavazada y errática. Confieso mi ignorancia perpetua, con algunos colgajos sabios que se han quedado adheridos a mi memoria. Ay la memoria, cuando ese archivo emerge, me sorprende. Un cuévano resonante. Colecciono palabras. Siempre me ha ocurrido que, al rescatar la palabra adecuada para expresar un sentimiento, el concepto sale por mi boca para acomodarse a lo que quiero decir y ahí debe haber armonía. El lenguaje es un artefacto vivo, necesita posarse en un terreno fértil con un vapor suave, el hálito. La palabra es lo que me hace humana, transcribe el galimatías de mi mente que tiene su propia academia de la lengua. Si no estoy aturullada por querer explicarme intento hablar con coherencia. A menudo, me sorprendo diciendo una palabrota o un desatino como una tourette recién nacida. Desde pequeña me hablo en voz alta para entenderme: me regaño o me consuelo. El personaje que soy se achanta si le hablo claro. Llevo años en un debate digno de un parlamento.  

Soy tímida, pero con gran carácter. Como actriz, lucho por memorizar y me lanzo a los acantilados del texto y del cuerpo como una suicida. Mi cuerpo se mueve y habla, pero suelo estar en algún rincón del techo, del set o del escenario, observándome. Me desdoblo y me veo y me escucho. Es un gran problema esa disociación. No tengo método para la interpretación y la perpetua sensación de no haber sido dirigida, nunca, correctamente. Me ha faltado mucha práctica actoral. Ser autodidacta -que lo soy en todas mis artes- es una orfandad. 

La palabra es sagrada. Entenderse no es fácil. Por lo general, en el mundo social, las conversaciones son superficiales, impostadas o a galope. Siempre trato de conceder a los seres con los que comparto confidencias, espacio y tiempo, para que se expliquen. Mi escucha es consciente, si tengo que decir algo espero a comprender, primero, qué me expone esa persona. Las personas quieren, necesitan, ser escuchadas, sostenidas con una mirada a ser posible. De inmediato, las personas no necesitan respuestas, se las tienen que dar ellas mismas, por eso, escuchar es un arte sutil, una gran generosidad. Que me escuchen a mí… se me enfadan los interlocutores si defiendo el espacio para acabar lo que quiero decir. Sobre todo, por teléfono. Si cometo el error y cojo carrerilla la conversación se enrosca en un bucle y tampoco sirve. Me pasa que hablo despacio y mis historias son complejas. Conversar, solo es un acto perfecto en los guiones de cine o en los libretos de teatro. 

Vivo en silencio. Solitaria y urbana, gran parte del día me lo paso escuchando, la calle, el autobús, el supermercado, las conversaciones cazadas al vuelo. En medio de esa geografía de palabras inconexas traduzco los pequeños mundos ajenos. La radio, la televisión, los bares, los restaurantes, allí, a todo volumen, están las palabras dándose bandazos. Hay mucho ruido que me perturba, conversaciones a gritos para invadir la atmósfera de por sí cargada. Compruebo que se escucha para contestar rápido. A la hora de escuchar en silencio la gente va a las iglesias, a los templos, a las mezquitas, porque necesitan escuchar sermones. Le hablaba yo a mis muñecas porque no tenía ni gato. Menudas charlas con mis amigos invisibles -que ahora sé- que son mis ángeles, mis guías. Dentro de mi está el dios que me escucha y el que me habla. En pleno conflicto personal, verbalizo y se lo cuento a mis cuadros, a mis dibujos, a mis piezas, la columna de Simón en la que apoyarme. Ellos aguantan la perorata. Si vuelvo al silencio, todo responde. Por eso escribo, para entenderme

En este Madrid en el que vivo, mi templo favorito es el Museo del Prado. Es una Medina activa, un mercado de emociones visuales. Cuando quedaba e iba con mi maestro y amigo Juan Barjola a ver pintura -fundamentalmente a estar allí y respirar esas salas para tener el coraje de seguir pintando- mirábamos mucho, también a la gente. Hablábamos poco. Con los grupos, capitaneados por un guía, pegábamos la oreja, siempre se aprende algo. Lo que nos fascinaba era escuchar de rondón a algún erudito de pacotilla que explicaba alguna pintura concreta a sus acompañantes, docto él. El espionaje nos atrapaba. Cuántas teorías, tonterías y sandeces escuchan los cuadros, también las esculturas, por supuesto. En los cuadros antiguos los pigmentos todavía están vivos, volúmenes ópticos que nos introducen en epopeyas o en retratos carnales. Así hemos conocido el pasado. Los dibujos, los cuadros aguantan miradas, silencios, interpretaciones, definiciones. Todo lo que les ha sido vertido encima, pátina de miradas, alientos, asombros y explicaciones, si ellos hablaran, contestarían lo que, justo, necesitamos saber. Son eso, un objeto bastante sencillo pero infinito en su complejidad. Pacientes ellos, en su inmovilidad no pueden escaparse de las paredes, de los almacenes, ni siquiera del olvido.  

Los verdaderos viajes son búsquedas de rastros que olemos con los sentidos adormilados. La cultura de la comodidad ha convertido cualquier viaje en una cápsula estándar. Es cierto que para algunos viajes por tierras ignotas necesitamos los adecuados guías que conozcan el territorio: allí, la viajera es vulnerable y el instinto destapa los errores. Hay lugares sin nombre, sin marcas, limbos de peregrinos. Volver al punto de inicio no es posible si no se ha aprendido la verdadera lección

Todas las lecturas que tiene una película son los ojos de los espectadores cuando se funden en la historia que se muestra y «la viven». O reviven alguna historia propia, alguna gesta que supera la ficción. La película Sirat es un viaje, con el zumbido musical que tenemos todas y todos en la cabeza, atascada de estímulos. ¿Qué se busca cuando se viaja, a una hija, como en la película? La brutalidad a la que se le ha acusado a esta película es un pálido reflejo de lo que ocurre en ciertos lugares del mundo. ¿Cómo se ha llegado a un lugar -a veces sin proponerlo- sin haber tirado miguitas de pan para recuperar el camino? El horizonte de la esperanza es tan infinito como explosivo. En el inmenso continente africano el horizonte está borrado, aunque aparentemente haya fronteras. En la película Sirat, la historia se complica con las dificultades del camino y los inaprensibles compañeros a los que se unen dos criaturas heridas. Para cierto viaje, confiar y hacer equipo rebaja el concepto de persona individual y segura. Nos olvidamos -por aquí- que en África hubo y hay conflictos bélicos por doquier: la sombra sepultada nos desmiembra la sensibilidad. 

Al terminar la proyección de Sirat recordé mi cincuenta y dos cumpleaños en Guinea Bissau, recién terminada una larga guerra civil que dejó el país devastado.

Para poder viajar por algunos países de África, pactando -a ser posible- con una sola persona, tomé como marido temporal, con la bendición espontánea del imán de la mezquita de Dejenée, en Mali, a Etienne Camara: un mandinga joola resolutivo, simpático, puro nervio, liante. Un peaje para conseguir dormir, comer, moverse y salvar obstáculos con toda la gente con las que nos fuimos topando. Una semana de febrero donde caímos en un lugar remoto de Bissau, en un campamento donde recalaban pescadores deportivos, pensé que la mejor manera de celebrar mi cumpleaños, el día 18, era alquilar una barca con su marinero. El gran problema para mí con Etienne no era que podía tragarse una tableta de chocolate de una vez -lo juro-, beberse el champú de huevo porque tenía huevo, hablar sin medida en cualquier idioma, intervenir en problemas ajenos como un Superman o resolver la comida diaria de mil maneras ingeniosas. El problema era que, cuando podía, bebía alcohol hasta caer inerte. Yo soy abstemia desde hace muchos años. Cada vez que se aliaba con cualquiera para beber yo me sentía fatal e intuía que nos poníamos en peligro. La noche anterior a mi cumpleaños Etienne se emborrachó mucho… Por la mañana, el marinero contratado le tiró al fondo de la barca como un fardo y emprendimos una ruta para ver a los hipopótamos: sólo vi orejas y morros dentro del agua, no salieron. Entonces, el marinero me propuso que nos fuéramos lejos de la orilla, a pescar. Y puso rumbo indefinido en ese Océano inmenso. Unas horas después -nunca lo pude pensar- yo pesqué con mi caña una gran barracuda de plata. Una experiencia emocionante. En el suelo de la barca, la barracuda, algunos peces y el dormido Etienne, reposaban. De repente, en medio de las tranquilas aguas, atisbé una isla ocre con lo que yo creí un árbol en su cima. Le pedí al marinero acercarse y, sin mediar palabra, salté al montículo. El marinero gritó. Intrépida, di unos cuantos pasos hacia el arbolito y ya no pude sacar los pies de un pegajoso suelo negro. El asustado marinero despertó a Etienne: aturdido, me explicó que la isla ocre era un montículo de guano, millones de cagadas, acumuladas durante años, de aves y pájaros. Yo notaba como me iba hundiendo en aquel suelo pegajoso sin poder asirme a nada. Los hombres discutían mientras yo me daba cuenta de la gravedad de mi ímpetu explorador, cuando intentaba infructuosamente sacar los pies de esa mierda negra. Llegaron a un acuerdo y me dijeron que se iban, a pedir ayuda; que estuviera tranquila, que volverían. Así lo hicieron y la barca se alejó rápida sobre aquel plato de agua. Me quedé quieta y sola. Una luz limpia me abrazaba y soplaba una brisa suave. Me hundía muy despacio. Empecé a aceptar esa escatológica muerte e hice una cuenta, Madrid 18 de febrero de 1949 – Guinea Bissau 18 de febrero de 2001. Ese epitafio nunca se escribiría. Por fortuna, aceptar la muerte es un ejercicio diario que yo practico desde hace años, hasta en la más placentera situación, pero… cuando la muerte está llegando, tan lentamente, en un punto remoto y apacible… un revoltijo de intensas sensaciones me aprisionaba más que el guano… No sentía exactamente miedo, solo un asombro inmenso ante la propia cagada -nunca mejor dicho- que yo había hecho subiéndome a ese sitio. El pensamiento más fuerte que yo tenía era que si esos dos hombres no volvían nadie iba echarme de menos; en esos lugares una mujer blanca, viajera, autónoma, había podido bajarse en cualquier lugar y nadie iba a preocuparse si volvía al campamento, o no. Desaparecida por completo, imaginé -tiempo después de no recibir noticias mías- a mi hijo Hugo, desconcertado, preocupadísimo, angustiado; llamando a las embajadas o a los cónsules, en esa época y lugar donde había muy pocos teléfonos móviles y, ni mucho menos, cobertura….. Visualizaba a Hugo emprendiendo un largo y complicado viaje para buscarme, para preguntar por mí, desde algún punto de algunos parajes que yo le hubiera relatado de ese mapa continental africano. Algo que le exponía a accidentes, peligros y preocupaciones. Hugo había conocido un día a Etienne Camara el año anterior en Casamance, cuando yo vivía en el sur de Senegal. Un ser tan libre e itinerante, estaba claro que no era localizable. Sin una explicación plausible, no se merecía mi buen hijo semejante disgusto y desventura por mi desaparición. Recé. Respiraba para apaciguar el torbellino de mi mente. No veía mis pies, estaba clavada como un palo. Lloré. Grité. Recé. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de desprenderme del cuerpo hundido, atrapado y dejar salir a mi alma? No, no quería sufrir. No quería que ese tránsito fuera muy largo. El panorama era muy torturante. Era una despedida y seguía hundiéndome. 

Pasó un tiempo indeterminado. Agucé el oído, un lejano sonido se acercaba. El marinero y Etienne venían rápidos en la barca hacia mí. Traían unos muy largos y delgados arbolitos que habían cortado a saber dónde. Con rapidez, los tiraron al suelo, cruzados. En ese entramado se posaron sobre ellos, se acercaron y, con fuerza, tiraron y me extrajeron de la brea. Una vez en la barca, el guano era muy pegajoso, los dos se afanaron para lavarme con sus manazas, hasta en donde no había llegado ese lodo. Aquel magreo hasta me hizo reír, me habían salvado la vida. Pusimos rumbo al campamento, pero ahí no acabó la cosa: una patrullera militar, con diez soldados y un sargento, nos hizo señas. El barco militar se acercó y nos paró. Después de lo sucedido yo me puse alerta, el país estaba en los primeros meses de paz después de la guerra. Aquello no parecía una detención. Toqué en mi bolso mi pasaporte español que tanta fuerza diplomática tiene en tantos lugares. Después de los saludos reglamentarios se estableció una conversación protocolaria -ahí me enteré yo que cuando alquilas una barca con marinero, yo era la capitana de la nave- y el educado sargento me pidió permiso para que nosotros lleváramos en la barca a cinco de aquellos soldados a un lugar determinado, donde se iba a desarrollar una fiesta en un poblado. El marinero me aseguró que llevábamos gasoil suficiente para hacerlo y llegar después de vuelta al campamento. No tuve más remedio que acceder. Una vez a bordo aquellos cinco militares, giramos a otro rumbo. Al momento, el bocachancla de Etienne les contó a los soldados, con todo detalle, lo que me había pasado en el montículo del guano. Aquellos hombres me miraban y disimulaban la risa. Manteniendo una actitud de dignidad yo aceptaba la chanza; ya había vivido muchas situaciones iguales por mis estúpidas equivocaciones. Depositamos a los militares en la orilla adecuada y, al fin, llegamos al campamento. Una vez informados del suceso, entre todos los que allí estaban, decidieron celebrar mi cumpleaños mientras yo me duchaba. La barracuda, los pescados, más una gran cacerola de arroz y una falda de flecos vegetales -como los que llevaban las mujeres del poblado- que me regalaron, compusieron el cumpleaños más inolvidable de mi vida.  

El continente africano es una impresionante lección de vida, de conexión con la pura naturaleza y los animales más insólitos. Allí está el rastro de nuestros ancestros. Por mucho que te esfuerzas -para una persona occidental- sus habitantes, sabios y maestros de supervivencia, constantemente, te colocan en el sitio adecuado tu ignorancia o prepotencia. Lecciones aprendidas que necesitan tiempo, días, quizás años para entenderlas. En la película Sirat, después de un periplo brutal por un desierto, un hombre vuelve solo, despojado de todo, vivo. Así hay que volver de los verdaderos viajes, escarmentada y mejor, pero viva. Tras la vuelta a Dakar dejé a Etienne liberado en su Senegal, dándole las gracias por rescatarme de aquella trampa en la que me había metido yo sola. Volví a Madrid. Al abrazar a mi hijo Hugo tuve el sentimiento de resurrección plena. Si aquellos hombres me hubieran abandonado en aquel lugar mi amado hijo Hugo no hubiera sabido, jamás, qué me había pasado, sepultada para siempre en una tumba de mierda. Nunca me hubiera encontrado, por mucho que se afanara en una búsqueda sin cuerpo. Inclusive, podía imaginar su esperanza eterna de un regreso tardío mío. Me resultaba estremecedor. Las desapariciones de seres humanos son una tragedia dolorosísima para las familias. Es cierto que hay desapariciones voluntarias que no se resuelven jamás, misterios oscuros. La constatación de la muerte es preferible a la espera. Hay accidentes, asaltos, secuestros, daños ajenos. Lo que nos concierne es otra cosa. Cuidarse significa observarse constantemente. El atolondramiento, la desidia, no estar en un aquí y ahora permanente, en la escucha interior, nos crea problemas, nos enferma, nos mata.  

No hay un seguro vital en ningún sitio. Las conquistas, las eternas guerras del continente africano han dejado países arrasados, minas antipersonas activadas, asesinatos étnicos colectivos y negocios criminales. Yo volví después a África a otros periplos parecidos, pero con mayor cuidado y humildad para reconocer que podemos perecer en cualquier momento, por imprudencia o un subidón de ego imbécil. El peligro acecha, la vida es peligrosa, impredecible, en cualquier lugar por tranquilo que parezca. También los viajes al propio ser interior, despojando el personaje creado, el disfraz, causan miedo y vértigo. Hay que morir varias veces para entender la vida; abandonar la materia y volver al alma intangible.

Estamos llenos de espejismos, como aquella isla que no era tal, una trampa de mi ilusión. Escribiendo este recuerdo reflexiono que quizás por todo aquello aborrezco a las palomas urbanas de Madrid, con sus cagadas tóxicas. Amo a los diminutos gorriones que cagan pequeñito. Así soy yo cuando viajo, un ave de paso con un plumaje multicolor que intenta no dejar basura, ni daño a nadie.

Me pregunto por qué me estoy descosiendo desde hace meses…
La pared abdominal se me ha abierto como una cremallera floja; el resultado es que empujan mis vísceras y tengo un bulto en el vientre. Con paciencia, estoy esperando una cirugía que me «cosa» los dos músculos con una malla. Bien, Maestros de la Costura Clínica hay. Además, a mitad de diciembre pasado, después de una tarde gloriosa interpretando yo al locuelo doctor Bertelsmann, en la divertida presentación del nuevo libro de biografías Reinas de leyenda de Cristina Morató, pasó algo. A la mañana siguiente, me desperté con una mancha negra en la visión del ojo izquierdo. Bastante alarmada, me fui a Urgencias del Hospital Ramón y Cajal de la Comunidad de Madrid, donde me hicieron muchas pruebas, para finalmente diagnosticarme un desprendimiento de retina. A la semana siguiente, un sabio cirujano me cosió el desgarro. Largo reposo y paciencia. El problema posterior es que tengo la mácula dañada, un susto, una molestia visual que me perturba profundamente.
Un desgarro silencioso, como ese dolor que rompe -ya- en el tejido y deshilacha la estructura.
Suele ser el viento el que desgarra una bandera cualquiera, de la paz o de la guerra, a base de sacudidas, cuando el sol ha hecho su lenta labor trituradora y el mensaje, de rendición o victoria, ha caducado. La erosión que nos abraza por todos lados permite en sus huecos la entrada de un molde nuevo. Se traslada la materia de lugar a otro para construir lo presente. Nada perdura desde su origen; ese peregrino tiempo pule y borra y modifica y construye. La voluntad de la vida del planeta compone y recompone lo que existe y la forma se manifiesta, una y otra vez. Somos parte de esas formas: cada cuerpo físico de cada ser humano se regenera en un constante afán de perdurar. La memoria es un depósito inestable, un pozo confuso. Respiramos átomos ajenos, el maná más sutil en este holograma. La conciencia crea la apariencia del cerebro, este órgano está diseñado para mantenerme viva. Desde la célula que crea los tejidos, luego los órganos y todo su sistema, ese organismo que funciona por sí mismo, nos vive. Entonces, lo que creo que es real es una creación propia.
«Miro» mi vida, desde el cabalístico engranaje de la memoria, eso me da identidad. Yo soy eso que he creado, un personaje con muchas facetas. Ahondar en la espeleología propia, esas cavidades donde se esconden monstruos y fantasmas, es la tarea más dura y cansada. Rastrillar sucesos pasados, eliminando espejismos y trampas, promete encontrar el tesoro enterrado. Sé que he llegado al lugar exacto; el cofre muestra una sola esquina brillante. Extraer el tesoro, mientras las arenas del ego se escurren por los bordes y costados no permite que emerja esa forma que -aun intuyendo- no podemos contemplar del todo: el alma.
Los abrigos de mi infancia se modificaban cuando estaban gastados. Un viejo abrigo, que una modista daba la vuelta a la tela para convertir la prenda en un chaquetón, dignificaba la carencia con elegancia. Si soy ahora ese chaquetón de mi infancia modesta -que yo luzco con gracia y fantasía- reconozco que llevo varias reparaciones costureras que no son orgánicas. Mi alma pidió entrar en la materia para investigar la Vida. ¿Qué átomos quedan de aquel cuerpo sanguinolento que apareció en un lugar y en un día del calendario gregoriano? ¿Qué hilo de plata ha construido, ha cosido la estructura de esto que llamo «mi» vida? La mente se construye, se forma, a duras penas con la deformación de la educación y las creencias. Salvados los escollos impuestos, hace mucho tiempo, he tomado mi reestructuración como un trabajo primordial. Arquitectura y Cirugía de daños y estropicios. Después de violentos y devastadores conflictos bélicos se emprende la reconstrucción de las ciudades, cada estrato es un capítulo histórico. Las ruinas son lecturas, los cadáveres, enciclopedias.
La vejez anuncia una vuelta del vehículo a la materia para dejar ese hueco gastado. Lo sensato sería comprender que todo el bagaje que se porta se deja aquí, se libera, para volver a ser nauta celestial. Cada modelo de carro es único y bello por sí mismo, cuesta aceptar que solo es una apariencia que debe volatilizarse. Diferentes traumas y disgustos, algunos golpes brutales, están empotrados en los resquicios del vehículo. ¿Cuándo ocurrió algo que me impactó como un camión sin frenos dejando su huella en mi cuerpo físico? Las heridas ocultas son pequeñas joyas que, por la presión interna, se han convertido en los diamantes que hay que extraer. Con esas joyas hay que hacerse una corona que muestre nuestra divina potestad humana.
¿Qué es lo que no quiero ver de lo que me rodea que ha distorsionado mi lente del ojo? Tantas cosas feas… Ahora, mi visión del ojo izquierdo es submarina, todo se ondula y mueve: la pecera del mundo contiene demasiado plástico, fealdad y barbarie. Lo acepto, pero no quiero cegarme. El ojo derecho enfoca lo que siempre he llamado «mi» realidad, otro espejismo. Mi visión humana es imperfecta. El verdadero Ojo de Orus está en el fondo de mi cerebro, la glándula pineal. Ahí se ve claramente. Un día, se me desprendió la retina como una persiana rota que cae al suelo. La luz es captada por la retina. ¿Mi inconsciente quería convertir lo que veo en una noche perpetua? No, yo quiero más Luz, como decía Goethe, más Luz de Entendimiento. No quiero cegarme. Quiero ver, mirar la vibración en su estado más sencillo. Restaurar la persiana de mi ojo fue posible, ahora queda estabilizar la mirada interior para ejercer un milagro lázaro y andar, de nuevo, por el tramo que me queda como un faro de Amor, Armonía y Conciencia. Eso Soy. Y en eso Estoy.

Cuando visito a mis nietos en Rabat -donde viven- jugamos, hablamos; les cuento historias, vitales o inventadas.
Uno de esos días, leyendo yo un tebeo de adultos, sentí la necesidad de desarrollar una historia dibujada.
Empecé a dibujar y los personajes vinieron por sí solos.
Mientras fueron apareciendo esos sencillos personajes, Aura y Omar participaron activamente con ideas y dibujos.
La historia nos enganchó. Es divertida.
EL COMPLOT DE LOS DIBUJOS es un homenaje a lápices, tintas, bolis, rotus, materiales y ceras que, en cualquier casa de niños, niñas y gente mayor, esperan ser usados.
A nosotros, nuestro tebeo nos gusta y hemos decidido darle una difusión gratuita para disfrute de mucha gente que ame los dibujos, las historias y los garabatos.
Nos gustaría que vosotros compartáis este tebeo en grupos, redes sociales, o de cualquier forma que se os ocurra.
Si este tebeo rula por el mundo, además, dará a conocer mi faceta de artista: pintora, escritora y actriz, que podeis descubrir en mi web https://juanaandueza.es/
A cambio de este regalo, lo que os pido es que se respete mi autoría (por ello lo hemos puesto con licencia Creative Commons*)
Que lo disfrutéis.
Muchas gracias.
Juana Andueza.

Enlace al tebeo (PDF de Lectura/descarga – 4,5MB): https://bit.ly/elcomplotdelosdibujos

* This work © 2023 by Juana Andueza is licensed under Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International 

Este trabajo © 2023 by Juana Andueza está licenciado bajo Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional

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Por fortuna, durante muchos años, no he necesitado ir -a menudo- al médico de atención primaria de la Seguridad Social. En el nuevo barrio al que me he mudado hace cuatro años, en las pocas visitas que hice al Centro de Salud que me corresponde, comprobé que hay muchos pacientes en la zona. Ya por entonces el Centro de Salud estaba saturado. Las esperas telefónicas para las citas eran largas -a veces infructuosas- para contactar con alguien que diera hora para una consulta. Desde el inicio de la pandemia la cosa se agravó sustancialmente: ya nadie contestaba telefónicamente para ningún tema. Se han perpetuado las colas -en la calle- para entrar, para pedir hora, para resolver papeles, para ser atendidos, para cualquier cosa. Se percibía un claro problema de eficacia y gestión en el Centro de Salud.

Ahora -casi- todo para acceder a la Seguridad Social se hace telemáticamente. Aunque se consiga una cita programada, con día y hora, desde que han comenzado las huelgas de médicos de familia y de pediatría -a consecuencia de su lamentable situación laboral y económica- las citas médicas programadas no han sido posibles. Al estar de huelga el médico asignado, se derivan las urgencias a un médico de guardia del Centro de Salud, también saturado de pacientes.

A mediados del mes de enero de 2023, empecé a tener un dolor agudo en mi ojo izquierdo. Hace dos años me operaron de cataratas en ese ojo en el Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid. Mi ojo estaba cada vez peor y yo necesitaba que me atendiera un oftalmólogo: en ausencia de mi médico de cabecera, primero, fui al médico de urgencia del Centro de Salud, que me recetó una cosa inocua y aprovechó para darme una charla sobre la deplorable situación de sus colegas en huelga.

Evaluar personalmente que se tiene una urgencia médica es delicado. De antemano, yo tenía un cierto prejuicio sobre las horas que podrían pasar para ser atendida en el Hospital Ramón y Cajal, muy lejos de mi casa. Una tarde, con el ojo mucho peor, me decidí y fui a Urgencias. Pasé unas horas por el protocolo inicial y tuve la suerte de ser atendida por una doctora oftalmóloga, que estuvo presente en aquella operación de catarata mía de hace dos años. La doctora hizo con acierto su diagnóstico y extrajo de la córnea una diminuta grapa que se había soltado de la lente que me habían instalado. Casi de inmediato se me pasó el dolor. Comencé -cada dos días- mis visitas a Urgencias, hasta terminar de curar una conjuntivitis pseudomembranosa y, ahora, tengo el ojo restablecido por completo. Con paciencia y humildad, en las esperas de Urgencias -ante la situación de otras personas con problemas graves- pude comprobar la eficacia y diligencia de los diferentes departamentos del Hospital Ramón y Cajal. Un hospital tan enorme que necesita una enorme organización, sin duda.

Lamentablemente, los madrileños tenemos una amenaza política que quiere desmontar perversamente el sistema de la sanidad pública. Por mucho que se empeñen estos políticos deleznables, inoperantes y con intereses oscuros que nos gobiernan, para que se destruya el sistema de salud pública e implantar la sanidad privada, los ciudadanos hemos de resistir y luchar por nuestros derechos. Políticos que van minando las resoluciones y quieren privatizar la Sanidad que todos mantenemos y pagamos. La estructura de nuestra Sanidad Pública debe continuar, afianzarse y reformarse. Formar a médicos para que finalmente se vayan a otras comunidades, o al extranjero, porque en la Comunidad de Madrid no se les paga lo adecuado, ni se les valora, ni se les atiende a sus reivindicaciones, es un desastre y una pérdida económica enorme y de servicio para nosotros, los ciudadanos.

Volver a ver bien. Y ver cómo está la situación en Madrid, enfada. A punto de que haya una convocatoria de nuevas elecciones, a los ancianos madrileños nos han concedido la gratuidad -durante un año- del abono transporte. Casi les falta que nos regalen unas cacerolas para que los votemos. A los que están en el poder autonómico y municipal actualmente, yo NO les voté nunca, ni les voy a votar. Estos políticos son demasiado peligrosos y tendenciosos: nos quieren convertir en unos paganinis de lo privado, cuando los impuestos que pagamos son suficientes para que la sanidad y los sueldos de los sanitarios sean adecuados y nos den el servicio que necesitamos.

Los ciudadanos necesitamos mirada limpia y claridad, para distinguir los oscuros intereses económicos y los intríngulis políticos que nos envuelven y axfisian.

Cada 8 de marzo se celebra en el mundo «El día de la mujer trabajadora».  Nada que añadir por mi parte. Desde hace siglos, todas las mujeres del mundo trabajan, mucho, en su entorno doméstico, fuera de sus casas o por sus derechos fundamentales. En algunas partes del mundo, las mujeres siguen viviendo en un entorno muy precario, que añade más trabajo a cualquier actividad diaria. En esta parte del mundo donde yo vivo, por suerte, el confort ha ido ganando un lugar esencial en lo doméstico.

Cuando nació mi hijo Hugo, hace cuarenta y siete años, después de un parto -casi- mortal y una debilidad permanente, mi ocupación fundamental diaria era lavar la ropa a mano. No hay que olvidar que, entonces, los pañales de tela se lavaban. Quienes hayan conocido una Lavadora Jata pueden contar el alivio que supuso para mí que un sencillo trasto pequeño, lleno de agua y jabón, diera vueltas. Al terminar el circuito, había que sacar la ropa, aclararla a mano, escurrirla, estrujarla y tenderla; eso consumía unas horas preciosas del día. Me consideraba una afortunada cuando recordaba las historias de las mujeres madrileñas de la generación de mi madre Carmen: aquellas mujeres que bajaban las cestas de la ropa desde la calle Toledo de Madrid hasta el río Manzanares donde había unos lavaderos. Un gran trabajo; cuando se secaban las pilas de ropa, subían las cestas llenas por esa larga y fatigosa cuesta.

El padre de mi hijo Hugo y yo hicimos una mudanza a la calle Castelló. Un buen cambio, pero seguíamos subiendo y bajando cuatro pisos sin ascensor. Mi marido compró un frigorífico, pero yo seguía lavando la ropa con mi Jata. Posiblemente por mis quejas, en un arrebato de compasión, mi padre Lorenzo me dijo que compraría una lavadora. Para que no se arrepintiera, le empujé al día siguiente a esa mítica tienda de electrodomésticos de la calle Jorge Juan, Electrodomésticos Ramón. Al llegar, al lado de la tienda, había unos operarios metidos en un agujero de la acera; una avería eléctrica en la zona tenía a los vecinos sin luz. El muestrario de los electrodomésticos estaba en el sótano de la tienda. Ante aquella circunstancia adversa, a mí no me convencieron los argumentos de volver otro día; conociendo a mi padre igual se rajaba de su propuesta. Fue tal mi insistencia que el amable vendedor, enarbolando una gran linterna y unas velas, nos bajó a Hugo y su carrito, a mi padre y a mí al sótano. Qué espectáculo, con aquella luz romántica, en una rutilante fila estaban las más modernas lavadoras del mercado. Para aliviar a mi padre, yo elegí la más sencilla y barata.

Nuestro cuarto de baño de Castelló era de unas dimensiones desproporcionadas que causaba la admiración de las visitas. Era un lugar precioso, casi un cuarto de estar para pasar allí las horas. Al lado del inodoro me instalaron la lavadora. Fascinada, yo me sentaba en la taza y miraba el funcionamiento de aquel cubo blanco. Por su gran ojo, veía rotar la ropa y me gustaba la fuerza loca que tenía cuando centrifugaba. Aquel bendito mecanismo alivió mucho mi vida doméstica; para mí, era el invento más útil que se había creado. Amaba a aquel electrodoméstico. Me enamoré de mi lavadora.

En estos tiempos en los que se ha diversificado la definición de amor, de cómo se puede amar, a Dios, a los demás, los conceptos se han renovado absolutamente. Hace un par de días, al contar a un querido amigo el cariño que tuve a aquella lavadora, me dijo que yo había sentido pansexualismo. Me informé: Pan significa todos, por tanto, el termino pansexual es una orientación sexual completamente abierta, que escapa de los roles masculino-femenino. Puede ser que haya gente que haga el amor con una muñeca de látex o adore el diseño de su tostadora, pero lo cierto es que muchas personas están enamoradas de su coche. Ay, aquellos novios que tuve y a los que he olvidado hasta el nombre. Lo confieso, tuve relaciones que no superaron nunca mi amor por aquella lavadora. No recuerdo su marca comercial, pero recuerdo mis emociones: como cuando se estremecía al centrifugar. Y esa alegría que me daba al abrir su puerta y recibir en mis manos la ropa limpia y escurrida. Mi amor olvidado. Pansexualismo eléctrico, vibrante y limpio.

 

Se nos olvida que los seres humanos estamos viviendo sobre una bola que flota, rotando, entre una ignota masa oscura. Esa teoría actual de que el planeta no es una bola, es un plano, convierte el viaje en algo literario; entonces, estaríamos sobre una alfombra voladora. Lo cierto, es que los seres humanos de pie, estamos, sin darnos cuenta, bajo una infinita intemperie, pegados a la bola -o sentados en la alfombra, qué más da- con la cabeza en permanente peligro. Peligro, también, por las ideas que la mente amasa dentro de la bola del cráneo, que flotan a su manera y percuten y nos hacen viajar por pensamientos, a veces, terribles. La vulnerabilidad de nuestro existir al aire libre la hemos paliado desde que tenemos conciencia tapándonos con una hoja, un tronco seco o al refugio de una cueva; aún dentro, en cualquier momento, se podía desprender un trozo de techo o caernos, sin previo aviso, el garrotazo de otro ser humano.

Hace unos días, en la prensa, se relataba que una mujer se había despertado sobresaltada porque había caído «una piedra» sobre su almohada, después de traspasar el cristal del lucernario de su dormitorio; junto a su mejilla estaba parado -y aún caliente- un meteorito del tamaño de una naranja. La pelota de hierro había ido a reposar en aquella almohada después de recorrer infinitos mundos celestiales. Hace años, en la prensa se relató el suceso de un hombre que iba conduciendo su coche cuando un meteorito rompió el vidrio delantero y le quebró el dedo meñique de su mano derecha. Llamémosles cariñosamente coscorrones, ¡cuántos golpes nos han caído en la vida sobre la cocorota, maternos, paternos, educadores o callejeros, advirtiéndonos de que habíamos orbitado mal! Sincronías meteóricas.

Mi experiencia más grande con esos objetos caídos del cielo fue en un país casi infinito, Namibia. Junto a mis tres compañeros de viaje, galopando por los paisajes espectaculares, la vista se ampliaba como nunca, queriendo retener las formas y colores inéditos. Muchos kilómetros sin ver a ningún ser vivo, nada más que un horizonte interminable, cuando divisamos un cartel que ponía, «Hacia el Meteorito de Hoba». Y una flecha a la izquierda de la carretera. Casi nada, cinco horas duró el desvío hasta llegar al meteorito. Hundido en el suelo, estaba aquel pastel de hierro y níquel de 60 toneladas y cientos de millones de años de antigüedad. Según ciertos cálculos, el meteorito debió impactar en la Tierra hacía unos 80.000 años, más o menos. El meteorito Hoba estuvo confinado en una propiedad privada algunos años hasta que el gobierno namibio decidió convertirlo en un lugar turístico. Ese día de nuestra llegada, el anfiteatro que lo rodeaba estaba vacío de visitantes. Subida yo a esa masa metálica, imaginé el impacto cósmico cuando ocurrió aquella mítica caída de un asteroide gigante que acabó con los dinosaurios y otros seres vivos, unos 66 millones de años atrás. A los pies de la gran masa de hierro, apareció una serpiente remolona que se metió en un agujero del suelo; así que yo pensé en aquel suceso bestial, cuando debieron ser las serpientes las que se diversificaron y evolucionaron al refugiarse bajo tierra, creando nuevos estilos de hábitats. Había que seguir el viaje y nos despedimos del meteorito -que estará posado allí hasta el fin de la propia Tierra- e invertimos otras cinco horas en enlazar con la carretera de Grootfontein, para contactar con el pueblo busman, los bosquimanos.

¿Cuántas cosas viajeras del cosmos, cuantos asteroides han terminado aquí su trayecto loco? ¿Cuántos sucesos en la vida nos han caído encima como meteoritos, aplastándonos? Algo viene viajando. Algo susurra un trayecto que se desvía hacia nuestra existencia y, zas, nos tumba. Hay mucho escombro celestial, pedazos viajeros de rocas que no se convirtieron en lunas o planetas. Los grandes sustos humanos o decepciones vienen viajando y nos sorprenden con su impacto. Hace poco, a mí me ha caído un meteorito encima, era un asteroide que venía con trampa. El impacto desveló cierta información soterrada, lo que explica el espejismo de los desiertos verdaderos o de ficción cinematográfica. Nuestra propia Madre Tierra no es una esfera perfecta, es una roca gruyere, horadada por múltiples impactos. El agua de los diluvios bíblicos ha cubierto gran parte de su esponjosa forma y no percibimos muchas de esas oquedades. Así nos pasa a los seres humanos: una vez que un suceso personal o profesional nos hace un buen chichón en la ilusión -o en una expectativa- debemos convertirlo en un depósito de sabiduría. Hay que beberse a sorbos esa agua amarga y degustar los tantos sabores que tiene la vida para nutrirnos con ella.

La vida es una fuente interminable de donde surgen las ideas que alimentan la literatura, el teatro y el cine. Esa fuente mana constantemente. Algunas veces, al visionar una película o al leer un relato inspirado en la «realidad», encontramos la semilla de nuestra propia vida y revivimos un suceso que se había quedado oculto en la memoria.

Hace unos días fui al cine a ver la película chilena de Marta Alberdi, “El agente topo” -un documental candidato al Oscar 2021- la historia de un anciano que se infiltra en una residencia de la tercera edad para investigar unos abusos y robos. Al verla, me encontré a mí misma haciendo en el año 2002 un espionaje social en toda regla.

En aquel año, mi hijo Hugo Serra ya había dejado de trabajar -para montar su propia productora, Feng Shui Films- en «El Mundo TV«. En esa productora se habían realizado unos reportajes de investigación que tuvieron bastante éxito, al infiltrarse algunos periodistas en el meollo de ciertos asuntos turbios y punteros, con cámaras ocultas.

Un día, andando yo por la calle, me llamó mi hijo Hugo al móvil para que me personara de inmediato en las oficinas de «El Mundo TV», solo me adelantó que necesitaban una actriz para un trabajo de investigación que emitiría posteriormente Antena 3. Por lo general, siempre he sido un tanto extravagante vistiendo. Aunque no recuerdo de qué guisa iba yo aquel día, al llegar a aquellas oficinas, bajo la escrutadora mirada de los jefes de aquellos programas, me hicieron una propuesta: convertirme, de un día para otro, en la cándida abuelita de una redactora para recabar información. Un espionaje discreto sobre un asunto de viajes a Lourdes, dirigidos, fundamentalmente, a personas de la tercera edad. De inmediato acepté, prometiendo convertirme en la encantadora abuelita de la periodista: al día siguiente, después hacerme una maleta de ropa modesta y adecuada y convertirme con un buen camuflaje en una dulce abuela, (teniendo entonces yo 53 años), esa joven y yo, nos montamos en un autobús que iba rumbo al Santuario de Lourdes en Francia.

Los temas de las apariciones -llamadas Marianas- siempre me han fascinado. Apariciones telúricas de índole sobrenatural en lugares especiales. Y eso no es baladí; desde hace cientos de años, algunas energías poderosas convocan a millones de personas en lugares concretos. Esa atracción de un lugar llamado Lourdes, (dejando aparte la exclusividad católica y el negocio de ventas de recuerdos) siempre ha tenido un impulso poderoso en ciertas personas: mi propia madre Carmen había hecho -hacía muchísimos años- el mismo tipo de excursión con mi padre, para pedir un restablecimiento de su maltrecha salud, en la Gruta de las Apariciones.

Ya en el autobús, empecé a infiltrarme como una anciana más en el verdadero espíritu que latía debajo del barato precio por ir a Lourdes, a pedir cualquier tipo de milagro a la Virgen. Mi «nieta» grababa todo el rato con una camarita de mano, argumentando que así la familia me vería tan feliz. Los nuevos amigos se apuntaban a saludar al visor cada dos por tres. A los pocos kilómetros de viaje, por la megafonía del autobús, nos dieron una primera charla, en ella, nos ofrecían unos remedios fabulosos para nuestra salud. Al llegar a Donosti (San Sebastián) nos dieron una vuelta por la ciudad en un trenecito infantil y nos hospedaron en un hostal muy apañado. Enseguida, nos dieron una cena frugal con baile incluido. Aquel grupo heterogéneo de personas estaba emocionado. Según investigué, algunos viajeros eran reincidentes, el año anterior habían hecho el mismo viaje. Yo, charlaba animadamente con todos porque ese era mi cometido, informarme. Y facilitar que mi «nieta» grabara, con una cámara oculta en su bolso trucado, las conversaciones. Sobre todo, mi interrogatorio insistía en las razones del viaje y en la contabilidad de los pasajeros reincidentes. En el grupo, había una parte de personas creyentes y otra de personas sufrientes por sus peculiares enfermedades. Los gentiles compañeros elogiaron a mi «nieta» mi garbo danzante, comentando lo espabilada que estaba yo «para ser de pueblo»; puesto que de un pueblo cercano a Madrid (no recuerdo el nombre) habíamos salido para la excursión. Todos eran vecinos de aquel pueblo y enseguida me consideraron «una moderna» por mi conversación, mi buen cutis y el uso de mi móvil. Preguntada por cual remedio de salud iba a yo a pedir a la Virgen, ya apuntaba yo algunas molestias de rodillas en aquellos años: ese era mi milagro esperado, les dije.

En lo mejor de aquella fiesta, se paró la música y nos dieron la anunciada charla. Como por arte de magia, aparecieron un sofá, una cama, unos andadores y unos almohadones y reposapiés, eléctricos; unos armatostes articulados que debían haber viajado en la tripa del autobús con nosotros desde Madrid. Toda una puesta en escena. Ese era el asunto del viaje, la promoción y venta de esos muebles articulados para remediar dolores e incapacidades de movimiento. La periodista-nieta y yo nos dimos cuenta de la gran presión que se ejercía sobre aquellos ancianos, un tanto maltrechos físicamente y mentalmente, para que se compraran algunos -o todos- de aquellos remedios, carísimos, que se podían pagar a plazos, eso sí. Mis interrogatorios para saber si estaban de acuerdo eran sutiles pero firmes. Todo estaba basado en un sistema de marketing muy bien estructurado: advertidos previamente por la organización, algunos pasajeros habían traído sus cartillas de ahorro para hacer el primer pago de reserva. Por la mañana, antes de salir para Lourdes, en el desayuno, nos volvieron a dar una charla aún más coercitiva. Los ancianos convencidos fueron acompañados a distintas sucursales de los bancos que quedaban más cerca, para hacer un depósito económico de reserva. Mi «nieta» y yo, argumentamos que estábamos muy interesadas pero que no llevábamos la documentación adecuada reservar nada y seguimos grabando todo aquel negocio. Eso sí, compramos algunos frascos de masaje que a mí me parecieron que podrían ser útiles para mis rodillas.

Al llegar a aquel lugar de abundantes aguas curativas de Lourdes, vi a miles -sí, a miles- de personas, en sillas de ruedas, en camillas o andando -ayudadas por voluntarios cristianos- para llegar hasta la gruta donde se había manifestado, muchos años antes, una Presencia de Luz, con un mensaje de amor a la niña Bernadette Soubirous (a la que llamaron también Bernardita de Lourdes). El lugar era impresionante, toda la fuerza de los Pirineos y del agua que manaba de diferentes fuentes y en donde algunos enfermos se bañaban con una fe encomiable que les daba la verdadera fuerza de la curación. Yo también llené mis botellas con esa agua pura que me regalaba la montaña. Durante esa jornada, dejé de ser una topo, una espía, para aprovechar para mi la oportunidad de aquel viaje insólito.

En el viaje de vuelta, los ancianos se encontraban muy esperanzados. Un par de señoras me confesaron que se habían vuelto a comprar el sillón de masaje, o la cama, total, se podían pagar en cómodos plazos y nunca estaba de más que sus familiares también fueran masajeados. Como yo había contado que era viuda de un hombre con una vida delincuente (cosa que era similar a tremendos capítulos de mi verdadera vida), argumentaba que no necesitaba nada más que paz doméstica, algunas friegas de hierbas medicinales y los tragos de agua de Lourdes. Mi «nieta», afirmaba con la cabeza aquellos avatares que yo contaba; en realidad, aunque habíamos dormido en la misma habitación del hostal, dada la premura de aquella aventura, no sabíamos nada la una de la otra.

De regreso, llegamos de noche a la plaza de aquel pueblo, que no recuerdo su nombre. La periodista-nieta y yo, nos despedimos cariñosamente de aquellos compañeros de viaje y nos fuimos a Madrid, a las oficinas del «El Mundo TV», cumplida, ampliamente, nuestra misión. Las siguientes semanas, se editaron las muchas horas de grabación y cuando se emitió el programa en Antena 3, se pudo mostrar las triquiñuelas de venta y la presión de compra a unos ancianos de salud delicada.

La productora me felicitó por el trabajo, afirmando que «había dado perfectamente el pego» para conseguir la discreta grabación de escenas esenciales. Yo había sido una agente topo perfecta, camuflada entre gente mucho más mayor y con problemas de salud. Personas sencillas que compraron artilugios mecánicos y pagaron un viaje a Francia para depositar en una gruta con una imagen femenina, su esperanza, su fe y sus oraciones, algo que yo respeté absolutamente porque creo en el Poder de Creer, que es Crear, y que Sea.

Hace unos días fui al cine a ver el documental «Anatomía de un dandy», dirigido por Charlie Arnaiz y Alberto Ortega. Una pieza que deberían ver, sobre todo, los jóvenes, para conocer a Francisco Umbral, un personaje indispensable de la literatura española. Tras el visionado, me acordé de una anécdota mía con él. Y de mi vida en aquel Madrid que bullía lleno de creatividad.
La ronda que yo hacía en aquellos años madrileños por los Cafés fluctuaba de lugar para participar en tertulias de poetas o aprender sobre fenómenos extraterrestres o para estar sola -leyendo en un rincón o escribiendo- o quedar para encuentros romances. Entraba yo a un Café y si conocía a alguien me anclaba a su mesa. En los Cafés todo el mundo era, más o menos, bien venido a las lecciones magistrales o a cotilleos recién pescados. O a sorpresas mayúsculas: un día en el Café Gijón, entró un joven que proclamó en voz alta a los comensales ¿quién quiere publicar un libro de poemas? Yo, levanté la mano de inmediato. Aquel generoso joven había empezado a publicar unos libros primorosos, la colección Hiedra de Poesía. A la vuelta de una estancia mía en Roma yo tenía un puñado de poemas escritos en un cuaderno. Se los di a leer a José Matesanz que, enseguida, me dijo que los publicaría; para ello, tuvimos unas cuantas citas previas.
Una mañana, José Matesanz me convocó en el Café Lyon, (al que yo solía ir por las noches, a la tertulia de avistamientos ovnis y cosas así). Al entrar, comprobé que apenas había nadie en el salón. Cerca del ventanal, tieso como una esfinge, estaba sentado Francisco Umbral, sin haberse quitado el abrigo y parapetada su romana cabeza tras una bufanda, blanca. Al irme a sentar cerca del otro ventanal, saludé a la esfinge con un movimiento de cabeza; esas cortesías de antaño, como si el salón fuera un domicilio compartido. A Francisco Umbral me lo habían presentado en varias ocasiones. Su carisma gélido no me permitió ser nunca su amiga, siempre estaba rodeado de aduladores y gente importante. Yo leía sus crónicas en los diarios, el latido snob de la ciudad de Madrid. Yo sabía que estar entre esas líneas ácidas, con tu nombre en negrita, te colocaba de inmediato en el parnaso de los importantes. Así que, he decidido subrayar aquí a los que destacan sobre lo relatado, faltaría más…
Nunca he sido mitómana, aunque sí curiosa por observar a gente famosa y pillar momentos exclusivos. Soy una mirona y escuchadora impenitente, perseverante en la radiografía veraz de cualquier cosa. Después de mi leve saludo, el petrificado Francisco Umbral me devolvió un imperceptible movimiento de cabeza. Yo estaba emocionada, tenía una cita con mi futuro y milagroso editor y miraba la ventana mientras sorbía mi café. Francisco Umbral también miraba por la ventana. Nadie entraba por la puerta. Aunque estaba inmóvil como una roca, el escritor destilaba una energía impaciente.
Los camareros hablaban con unos clientes que estaban al fondo de la sala. Mi timidez, incapaz de establecer una supuesta conversación con aquel tótem literario -famoso por su lenguaje mordaz y su estilo único- me hacía ensayar la forma de tender unas palabras hacia él. José Matesanz se retrasaba y lo que fuera que esperaba Francisco Umbral, también. Yo podría parecer insignificante a los ojos de un escritor de relumbrón pero, en aquella época, mi vida no estaba exenta de peligros, delincuencias y aventuras; crónicas que hubieran engordado con veracidad cualquier novela de Patricia Highsmith o John le Carré.
Cuanto más sumergida estaba yo en mis pensamientos, aquel abrigo oscuro se puso de pie y una voz cavernosa y engolada que salía de la bufanda blanca se dirigió a mí: «¿señorita, si entra alguien buscándome sería tan amable de decirle que he ido a orinar?» Creo recordar que balbuceé un por supuesto mientras el abrigo oscuro y la melena lacada se fueron hacia los lavabos. Mi imaginación me hizo llegar hasta aquel baño, ¿se lavaría las manos Francisco Umbral después de orinar? No hay nada que desmenuce a cualquier diosecillo que imaginarle meando o cagando. Y me quedé sumida en lo que me había encomendado, vigilar la puerta para dar el recado. Ser una señorita nadie en aquel solitario salón me había convertido en la chica de los recados; jopé, yo también era escritora, esperaba a mi futuro editor para publicar mi libro «Cuaderno Romano».
Siempre me ha fascinado la egolatría ajena; estar camuflada en mis espionajes me ha servido para testar a los que ignoran el mundo sencillo desde atalayas mayestáticas. La soberbia y la altanería tienen una mirada miope. Aunque Francisco Umbral era agudo y usaba sus enormes gafas de parapeto, la fama le había nublado sus pies de barro. Lo que convirtió aquel encuentro incómodo -para mí- en ternura fue que su libro favorito mío era «Mortal y rosa». Un conmovedor, bello y herido libro, escrito tras la muerte de su hijo. Tal tragedia estaba escondida en lo más profundo del enigma de la esfinge.
En estas, Francisco Umbral volvió del lavabo y al sentarse, me dijo: «¿nadie, señorita?». ¿Cuál era la pregunta, era yo nadie -una persona insignificante- o nadie había preguntado por él? No recuerdo cuanto tiempo pasó mientras entraron algunas personas y, de repente, como una exhalación, un señor gordote con gafas, que se abalanzó sobre la mesa de Francisco Umbral. Se dieron la mano -esa mano que unos minutos antes había sostenido una virilidad secreta- y mantuvieron una conversación de disculpas y reproches, alternativos. Dejé de prestarles atención cuando entró mi anhelado editor. José Matesanz, venía a explicarme los acuerdos de nuestro contrato literario, insistiendo en que yo debía ilustrar mi libro «Cuaderno romano», para potenciar su contenido.
El señor gordote con gafas no llegó a pedir ni un café, Francisco Umbral se levantó envarado y, a punto de salir, aquellas gafas de culo de vaso me lanzaron una mirada pequeñita y la voz cavernosa me dijo: «gracias señorita, al fin llegó este mal educado». Los días siguientes, estuve leyendo sus crónicas periodísticas, por si el gran mentidero de la corte comentaba algo al respecto; pero nada, nadie tuvo relevancia alguna para el cronista de marquesas, políticos y gentes faranduleras. De escritora a guardiana de orines ajenos, algunos encuentros míos con peculiares seres humanos han tenido -y tienen- sus anécdotas, que se vuelven inolvidables sí coinciden con una efeméride: Así fue, unas semanas después volví al Café Lyon, a firmar el contrato de la publicación de mi libro «Cuaderno Romano» con José Matesanz. Un par de meses después, la presentación del libro ocurrió en la Librería Buchholz, en la calle Martínez Campos de Madrid. Presentado por don José García Nieto, un poeta, un hombre generoso, grande y noble, una gran alma que vive en mi recuerdo.
Al fin, «yo he venido a mi blog a hablar de mi libro», parafraseando aquella mítica frase de Francisco Umbral en la televisión.

La palabra carta, ocupa en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, nada menos que página y media de espacio. Escribir una carta, a mano y enviarla al Correo, ocupa un tiempo táctil, en esta época de premura, convirtiendo el gesto en un acto romántico; y en desuso, porque los correos electrónicos han suprimido, casi totalmente, ese método material y viajero. Lanzar un mensaje escrito en un papel, sin esperar con impaciencia la respuesta, es un acto valiente: es lanzar al destino unos papeles escritos, dentro de otro papel doblado que, ante unos ojos lectores, expliquen los sentimientos más profundos o exploten una reacción que sea tan grave, como el silencio perpetuo de una respuesta.

Cartas sin respuesta. Cartas perdidas. Yo, siempre he escrito cartas ante la imposibilidad de ajustar lo que mi alma sentía. Volcar las palabras adecuadas. Siempre he tenido la sospecha de que no tenía el espacio suficiente para hablar o decir o expresar y ser escuchada, o entendida. Al mandar una carta con confesiones, que se han estrellado ante unos ojos asombrados, queda el mensaje en un lugar ambiguo, sin poder averiguar la reacción del receptor. Una carta no es una conversación. Es una confesión. Antaño, las gentes separadas geográficamente se comunicaban a base de cartas, aunque no se supiera ni leer ni escribir. Alguien lo hacía a petición. Es cierto, yo misma escribí algunas cartas amorosas por encargo. Firmar una carta es un documento tan válido como un testamento notarial: ahí queda lo que se quiere comunicar per secula seculorum. Por eso es importante la fecha, que determina el momento del impulso. Una carta hológrafa es un documento único y total.

No me arrepiento de lo que escribí -en su día- a las personas que conocí, aunque fuera impertinente o absurdo. Cuando mandé un texto como el que lanza una flecha, no fue nunca para herir el corazón de nadie, sino para entrar en él. Para pedir perdón. Para pedir atención. Para amar. Para dejar de amar. Para dar explicaciones. Para contar sentimientos. Para compartir

A base de garabatos sagrados la Humanidad creó algo prodigioso, la escritura. La escritura hológrafa es una canalización sutil de «lo que quiere manifestarse». A veces somos sólo eso, canal.  Al contar nuestra vida creamos vínculos.

La correspondencia es privada, sagrada en el sentido de absoluta confidencia. Leer una carta ajena es un acto de intromisión reprobable. Una desnudez impropia. Eso se ha extendido a los emails, a los teléfonos móviles con los correos privados. Nadie tiene derecho a leer correspondencia ajena. Si son mensajes, además, antiguos, de tiempos pasados que tenían su vigencia, esos intrusos lectores son ladrones, hollando con sus ojos sucios confidencias a destiempo. Conozco lecturas de cartas mías en habitaciones ajenas que, por complejas que fueran mis manifestaciones escritas hace años, me dieron, al enterarme de la violación, la medida de esos ojos cotillas. Algo que determinó mi distancia emocional de quien no respeta cartas ajenas en lugares privados.

La carta y los sellos.

Una de las ocasiones más dolorosas con respecto a mi envío de cartas fue en Mozambique: estando viviendo allí, escribí cartas a mi hijo y amigos, acompañadas de dibujos. Un día, al ir a la oficina de Correos en Maputo, una funcionaria delincuente, con cara cínica, me pidió el dinero de los sellos, diciéndome que ella los pegaba después. Aquellos sobres desaparecieron de mi vista y ninguna carta llegó nunca a su destinatario. Algo inadmisible en una oficina de Correos estatal.

La foto que acompaña a este escrito es de una carta que he enviado hace un mes a mi familia, que ahora reside en Marruecos. Esperando que me contestaran, con algún dibujo de mis nietos o algo por el estilo, en mi buzón ha aparecido la carta, devuelta. Y censurada. La dirección es la correcta y el franqueo es el correcto. Otras cartas ya llegaron antes. Lo que no parece ser correcto en este envío, para el gobierno marroquí, es uno de los sellos del sobre; un sello de la bandera LGBT, bandera arcoiris, símbolo del orgullo lésbico, gay, bisexual y trans desde 1978. O sea, un manifiesto impensable en el país alahuíta, pero, ¿es correcto censurar una carta con un sello oficial del Gobierno Español? Voy a volver a mandar la carta dentro de otro sobre con otros sellos. Sin abrir el sobre, no me interesa saber qué les decía a mis amados, es un pasado que se ha saltado a un presente y que debe ir al futuro.

Los sellos de correos han sido un valor de poderosa inversión económica durante siglos. Sellos con reproducciones artísticas, aniversarios o conmemoraciones de toda índole, cobran más valor cuando trasgreden algo. O tienen un defecto. O un mensaje perturbador. Este sello arcoíris lo tiene para ciertos conceptos morales o políticos. Por respeto a mi familia y para su seguridad, yo también he censurado el nombre y la dirección del sobre que aparece en la foto. Un efecto espejo de este pequeño suceso postal.

Sigo mandando cartas, aunque me duela la mano al escribir o el alma al contar lo que siento. En las Oficinas de Correos Españolas hay mucho tráfico de cartas oficiales, paquetes, muchos paquetes, pero sospecho que pocas cartas escritas a mano y con la vida dentro. Hay que volver a lo sencillo y auténtico. Para eso hace falta saber la dirección postal de la gente que nos interesa. Hoy en día, con los móviles y correos electrónicos, ignoramos dónde habitan amigos y conocidos. Si se pierde un teléfono móvil o una agenda electrónica, se pierde un rastro valioso y, puede ser, al amigo o amiga. Deberíamos pedir a los Reyes Magos una agenda de papel y escribir domicilios, para mandar una carta insospechada este año nuevo. Menudo regalo. Aseguro, que la sorpresa de quien reciba nuestra desconocida letra será tan mayúscula como alegre. Un gesto pequeño y sencillo, lleno de significado. Pero, cuidado con los sellos, nunca sabremos cuales son peligrosos o inconvenientes. Ahora que no hay que chupar el pegamento, como cuando chupábamos la cabeza de Franco como si quisiéramos tragar aquellos vitriólicos años oscuros, comprar sellos es cómodo: son autopegables. Cuidado, los de la bandera LGTB úsenlos solo para cartas o postales a países evolucionados y permisivos con cualquier tendencia sexual humana.