Se nos olvida que los seres humanos estamos viviendo sobre una bola que flota, rotando, entre una ignota masa oscura. Esa teoría actual de que el planeta no es una bola, es un plano, convierte el viaje en algo literario; entonces, estaríamos sobre una alfombra voladora. Lo cierto, es que los seres humanos de pie, estamos, sin darnos cuenta, bajo una infinita intemperie, pegados a la bola -o sentados en la alfombra, qué más da- con la cabeza en permanente peligro. Peligro, también, por las ideas que la mente amasa dentro de la bola del cráneo, que flotan a su manera y percuten y nos hacen viajar por pensamientos, a veces, terribles. La vulnerabilidad de nuestro existir al aire libre la hemos paliado desde que tenemos conciencia tapándonos con una hoja, un tronco seco o al refugio de una cueva; aún dentro, en cualquier momento, se podía desprender un trozo de techo o caernos, sin previo aviso, el garrotazo de otro ser humano.

Hace unos días, en la prensa, se relataba que una mujer se había despertado sobresaltada porque había caído “una piedra” sobre su almohada, después de traspasar el cristal del lucernario de su dormitorio; junto a su mejilla estaba parado -y aún caliente- un meteorito del tamaño de una naranja. La pelota de hierro había ido a reposar en aquella almohada después de recorrer infinitos mundos celestiales. Hace años, en la prensa se relató el suceso de un hombre que iba conduciendo su coche cuando un meteorito rompió el vidrio delantero y le quebró el dedo meñique de su mano derecha. Llamémosles cariñosamente coscorrones, ¡cuántos golpes nos han caído en la vida sobre la cocorota, maternos, paternos, educadores o callejeros, advirtiéndonos de que habíamos orbitado mal! Sincronías meteóricas.

Mi experiencia más grande con esos objetos caídos del cielo fue en un país casi infinito, Namibia. Junto a mis tres compañeros de viaje, galopando por los paisajes espectaculares, la vista se ampliaba como nunca, queriendo retener las formas y colores inéditos. Muchos kilómetros sin ver a ningún ser vivo, nada más que un horizonte interminable, cuando divisamos un cartel que ponía, “Hacia el Meteorito de Hoba”. Y una flecha a la izquierda de la carretera. Casi nada, cinco horas duró el desvío hasta llegar al meteorito. Hundido en el suelo, estaba aquel pastel de hierro y níquel de 60 toneladas y cientos de millones de años de antigüedad. Según ciertos cálculos, el meteorito debió impactar en la Tierra hacía unos 80.000 años, más o menos. El meteorito Hoba estuvo confinado en una propiedad privada algunos años hasta que el gobierno namibio decidió convertirlo en un lugar turístico. Ese día de nuestra llegada, el anfiteatro que lo rodeaba estaba vacío de visitantes. Subida yo a esa masa metálica, imaginé el impacto cósmico cuando ocurrió aquella mítica caída de un asteroide gigante que acabó con los dinosaurios y otros seres vivos, unos 66 millones de años atrás. A los pies de la gran masa de hierro, apareció una serpiente remolona que se metió en un agujero del suelo; así que yo pensé en aquel suceso bestial, cuando debieron ser las serpientes las que se diversificaron y evolucionaron al refugiarse bajo tierra, creando nuevos estilos de hábitats. Había que seguir el viaje y nos despedimos del meteorito -que estará posado allí hasta el fin de la propia Tierra- e invertimos otras cinco horas en enlazar con la carretera de Grootfontein, para contactar con el pueblo busman, los bosquimanos.

¿Cuántas cosas viajeras del cosmos, cuantos asteroides han terminado aquí su trayecto loco? ¿Cuántos sucesos en la vida nos han caído encima como meteoritos, aplastándonos? Algo viene viajando. Algo susurra un trayecto que se desvía hacia nuestra existencia y, zas, nos tumba. Hay mucho escombro celestial, pedazos viajeros de rocas que no se convirtieron en lunas o planetas. Los grandes sustos humanos o decepciones vienen viajando y nos sorprenden con su impacto. Hace poco, a mí me ha caído un meteorito encima, era un asteroide que venía con trampa. El impacto desveló cierta información soterrada, lo que explica el espejismo de los desiertos verdaderos o de ficción cinematográfica. Nuestra propia Madre Tierra no es una esfera perfecta, es una roca gruyere, horadada por múltiples impactos. El agua de los diluvios bíblicos ha cubierto gran parte de su esponjosa forma y no percibimos muchas de esas oquedades. Así nos pasa a los seres humanos: una vez que un suceso personal o profesional nos hace un buen chichón en la ilusión -o en una expectativa- debemos convertirlo en un depósito de sabiduría. Hay que beberse a sorbos esa agua amarga y degustar los tantos sabores que tiene la vida para nutrirnos con ella.

La vida es una fuente interminable de donde surgen las ideas que alimentan la literatura, el teatro y el cine. Esa fuente mana constantemente. Algunas veces, al visionar una película o al leer un relato inspirado en la “realidad”, encontramos la semilla de nuestra propia vida y revivimos un suceso que se había quedado oculto en la memoria.

Hace unos días fui al cine a ver la película chilena de Marta Alberdi, “El agente topo” -un documental candidato al Oscar 2021- la historia de un anciano que se infiltra en una residencia de la tercera edad para investigar unos abusos y robos. Al verla, me encontré a mí misma haciendo en el año 2002 un espionaje social en toda regla.

En aquel año, mi hijo Hugo Serra ya había dejado de trabajar -para montar su propia productora, Feng Shui Films- en “El Mundo TV“. En esa productora se habían realizado unos reportajes de investigación que tuvieron bastante éxito, al infiltrarse algunos periodistas en el meollo de ciertos asuntos turbios y punteros, con cámaras ocultas.

Un día, andando yo por la calle, me llamó mi hijo Hugo al móvil para que me personara de inmediato en las oficinas de “El Mundo TV”, solo me adelantó que necesitaban una actriz para un trabajo de investigación que emitiría posteriormente Antena 3. Por lo general, siempre he sido un tanto extravagante vistiendo. Aunque no recuerdo de qué guisa iba yo aquel día, al llegar a aquellas oficinas, bajo la escrutadora mirada de los jefes de aquellos programas, me hicieron una propuesta: convertirme, de un día para otro, en la cándida abuelita de una redactora para recabar información. Un espionaje discreto sobre un asunto de viajes a Lourdes, dirigidos, fundamentalmente, a personas de la tercera edad. De inmediato acepté, prometiendo convertirme en la encantadora abuelita de la periodista: al día siguiente, después hacerme una maleta de ropa modesta y adecuada y convertirme con un buen camuflaje en una dulce abuela, (teniendo entonces yo 53 años), esa joven y yo, nos montamos en un autobús que iba rumbo al Santuario de Lourdes en Francia.

Los temas de las apariciones -llamadas Marianas- siempre me han fascinado. Apariciones telúricas de índole sobrenatural en lugares especiales. Y eso no es baladí; desde hace cientos de años, algunas energías poderosas convocan a millones de personas en lugares concretos. Esa atracción de un lugar llamado Lourdes, (dejando aparte la exclusividad católica y el negocio de ventas de recuerdos) siempre ha tenido un impulso poderoso en ciertas personas: mi propia madre Carmen había hecho -hacía muchísimos años- el mismo tipo de excursión con mi padre, para pedir un restablecimiento de su maltrecha salud, en la Gruta de las Apariciones.

Ya en el autobús, empecé a infiltrarme como una anciana más en el verdadero espíritu que latía debajo del barato precio por ir a Lourdes, a pedir cualquier tipo de milagro a la Virgen. Mi “nieta” grababa todo el rato con una camarita de mano, argumentando que así la familia me vería tan feliz. Los nuevos amigos se apuntaban a saludar al visor cada dos por tres. A los pocos kilómetros de viaje, por la megafonía del autobús, nos dieron una primera charla, en ella, nos ofrecían unos remedios fabulosos para nuestra salud. Al llegar a Donosti (San Sebastián) nos dieron una vuelta por la ciudad en un trenecito infantil y nos hospedaron en un hostal muy apañado. Enseguida, nos dieron una cena frugal con baile incluido. Aquel grupo heterogéneo de personas estaba emocionado. Según investigué, algunos viajeros eran reincidentes, el año anterior habían hecho el mismo viaje. Yo, charlaba animadamente con todos porque ese era mi cometido, informarme. Y facilitar que mi “nieta” grabara, con una cámara oculta en su bolso trucado, las conversaciones. Sobre todo, mi interrogatorio insistía en las razones del viaje y en la contabilidad de los pasajeros reincidentes. En el grupo, había una parte de personas creyentes y otra de personas sufrientes por sus peculiares enfermedades. Los gentiles compañeros elogiaron a mi “nieta” mi garbo danzante, comentando lo espabilada que estaba yo “para ser de pueblo”; puesto que de un pueblo cercano a Madrid (no recuerdo el nombre) habíamos salido para la excursión. Todos eran vecinos de aquel pueblo y enseguida me consideraron “una moderna” por mi conversación, mi buen cutis y el uso de mi móvil. Preguntada por cual remedio de salud iba a yo a pedir a la Virgen, ya apuntaba yo algunas molestias de rodillas en aquellos años: ese era mi milagro esperado, les dije.

En lo mejor de aquella fiesta, se paró la música y nos dieron la anunciada charla. Como por arte de magia, aparecieron un sofá, una cama, unos andadores y unos almohadones y reposapiés, eléctricos; unos armatostes articulados que debían haber viajado en la tripa del autobús con nosotros desde Madrid. Toda una puesta en escena. Ese era el asunto del viaje, la promoción y venta de esos muebles articulados para remediar dolores e incapacidades de movimiento. La periodista-nieta y yo nos dimos cuenta de la gran presión que se ejercía sobre aquellos ancianos, un tanto maltrechos físicamente y mentalmente, para que se compraran algunos -o todos- de aquellos remedios, carísimos, que se podían pagar a plazos, eso sí. Mis interrogatorios para saber si estaban de acuerdo eran sutiles pero firmes. Todo estaba basado en un sistema de marketing muy bien estructurado: advertidos previamente por la organización, algunos pasajeros habían traído sus cartillas de ahorro para hacer el primer pago de reserva. Por la mañana, antes de salir para Lourdes, en el desayuno, nos volvieron a dar una charla aún más coercitiva. Los ancianos convencidos fueron acompañados a distintas sucursales de los bancos que quedaban más cerca, para hacer un depósito económico de reserva. Mi “nieta” y yo, argumentamos que estábamos muy interesadas pero que no llevábamos la documentación adecuada reservar nada y seguimos grabando todo aquel negocio. Eso sí, compramos algunos frascos de masaje que a mí me parecieron que podrían ser útiles para mis rodillas.

Al llegar a aquel lugar de abundantes aguas curativas de Lourdes, vi a miles -sí, a miles- de personas, en sillas de ruedas, en camillas o andando -ayudadas por voluntarios cristianos- para llegar hasta la gruta donde se había manifestado, muchos años antes, una Presencia de Luz, con un mensaje de amor a la niña Bernadette Soubirous (a la que llamaron también Bernardita de Lourdes). El lugar era impresionante, toda la fuerza de los Pirineos y del agua que manaba de diferentes fuentes y en donde algunos enfermos se bañaban con una fe encomiable que les daba la verdadera fuerza de la curación. Yo también llené mis botellas con esa agua pura que me regalaba la montaña. Durante esa jornada, dejé de ser una topo, una espía, para aprovechar para mi la oportunidad de aquel viaje insólito.

En el viaje de vuelta, los ancianos se encontraban muy esperanzados. Un par de señoras me confesaron que se habían vuelto a comprar el sillón de masaje, o la cama, total, se podían pagar en cómodos plazos y nunca estaba de más que sus familiares también fueran masajeados. Como yo había contado que era viuda de un hombre con una vida delincuente (cosa que era similar a tremendos capítulos de mi verdadera vida), argumentaba que no necesitaba nada más que paz doméstica, algunas friegas de hierbas medicinales y los tragos de agua de Lourdes. Mi “nieta”, afirmaba con la cabeza aquellos avatares que yo contaba; en realidad, aunque habíamos dormido en la misma habitación del hostal, dada la premura de aquella aventura, no sabíamos nada la una de la otra.

De regreso, llegamos de noche a la plaza de aquel pueblo, que no recuerdo su nombre. La periodista-nieta y yo, nos despedimos cariñosamente de aquellos compañeros de viaje y nos fuimos a Madrid, a las oficinas del “El Mundo TV”, cumplida, ampliamente, nuestra misión. Las siguientes semanas, se editaron las muchas horas de grabación y cuando se emitió el programa en Antena 3, se pudo mostrar las triquiñuelas de venta y la presión de compra a unos ancianos de salud delicada.

La productora me felicitó por el trabajo, afirmando que “había dado perfectamente el pego” para conseguir la discreta grabación de escenas esenciales. Yo había sido una agente topo perfecta, camuflada entre gente mucho más mayor y con problemas de salud. Personas sencillas que compraron artilugios mecánicos y pagaron un viaje a Francia para depositar en una gruta con una imagen femenina, su esperanza, su fe y sus oraciones, algo que yo respeté absolutamente porque creo en el Poder de Creer, que es Crear, y que Sea.

Hace unos días fui al cine a ver el documental “Anatomía de un dandy”, dirigido por Charlie Arnaiz y Alberto Ortega. Una pieza que deberían ver, sobre todo, los jóvenes, para conocer a Francisco Umbral, un personaje indispensable de la literatura española. Tras el visionado, me acordé de una anécdota mía con él. Y de mi vida en aquel Madrid que bullía lleno de creatividad.
La ronda que yo hacía en aquellos años madrileños por los Cafés fluctuaba de lugar para participar en tertulias de poetas o aprender sobre fenómenos extraterrestres o para estar sola -leyendo en un rincón o escribiendo- o quedar para encuentros romances. Entraba yo a un Café y si conocía a alguien me anclaba a su mesa. En los Cafés todo el mundo era, más o menos, bien venido a las lecciones magistrales o a cotilleos recién pescados. O a sorpresas mayúsculas: un día en el Café Gijón, entró un joven que proclamó en voz alta a los comensales ¿quién quiere publicar un libro de poemas? Yo, levanté la mano de inmediato. Aquel generoso joven había empezado a publicar unos libros primorosos, la colección Hiedra de Poesía. A la vuelta de una estancia mía en Roma yo tenía un puñado de poemas escritos en un cuaderno. Se los di a leer a José Matesanz que, enseguida, me dijo que los publicaría; para ello, tuvimos unas cuantas citas previas.
Una mañana, José Matesanz me convocó en el Café Lyon, (al que yo solía ir por las noches, a la tertulia de avistamientos ovnis y cosas así). Al entrar, comprobé que apenas había nadie en el salón. Cerca del ventanal, tieso como una esfinge, estaba sentado Francisco Umbral, sin haberse quitado el abrigo y parapetada su romana cabeza tras una bufanda, blanca. Al irme a sentar cerca del otro ventanal, saludé a la esfinge con un movimiento de cabeza; esas cortesías de antaño, como si el salón fuera un domicilio compartido. A Francisco Umbral me lo habían presentado en varias ocasiones. Su carisma gélido no me permitió ser nunca su amiga, siempre estaba rodeado de aduladores y gente importante. Yo leía sus crónicas en los diarios, el latido snob de la ciudad de Madrid. Yo sabía que estar entre esas líneas ácidas, con tu nombre en negrita, te colocaba de inmediato en el parnaso de los importantes. Así que, he decidido subrayar aquí a los que destacan sobre lo relatado, faltaría más…
Nunca he sido mitómana, aunque sí curiosa por observar a gente famosa y pillar momentos exclusivos. Soy una mirona y escuchadora impenitente, perseverante en la radiografía veraz de cualquier cosa. Después de mi leve saludo, el petrificado Francisco Umbral me devolvió un imperceptible movimiento de cabeza. Yo estaba emocionada, tenía una cita con mi futuro y milagroso editor y miraba la ventana mientras sorbía mi café. Francisco Umbral también miraba por la ventana. Nadie entraba por la puerta. Aunque estaba inmóvil como una roca, el escritor destilaba una energía impaciente.
Los camareros hablaban con unos clientes que estaban al fondo de la sala. Mi timidez, incapaz de establecer una supuesta conversación con aquel tótem literario -famoso por su lenguaje mordaz y su estilo único- me hacía ensayar la forma de tender unas palabras hacia él. José Matesanz se retrasaba y lo que fuera que esperaba Francisco Umbral, también. Yo podría parecer insignificante a los ojos de un escritor de relumbrón pero, en aquella época, mi vida no estaba exenta de peligros, delincuencias y aventuras; crónicas que hubieran engordado con veracidad cualquier novela de Patricia Highsmith o John le Carré.
Cuanto más sumergida estaba yo en mis pensamientos, aquel abrigo oscuro se puso de pie y una voz cavernosa y engolada que salía de la bufanda blanca se dirigió a mí: “¿señorita, si entra alguien buscándome sería tan amable de decirle que he ido a orinar?” Creo recordar que balbuceé un por supuesto mientras el abrigo oscuro y la melena lacada se fueron hacia los lavabos. Mi imaginación me hizo llegar hasta aquel baño, ¿se lavaría las manos Francisco Umbral después de orinar? No hay nada que desmenuce a cualquier diosecillo que imaginarle meando o cagando. Y me quedé sumida en lo que me había encomendado, vigilar la puerta para dar el recado. Ser una señorita nadie en aquel solitario salón me había convertido en la chica de los recados; jopé, yo también era escritora, esperaba a mi futuro editor para publicar mi libro “Cuaderno Romano”.
Siempre me ha fascinado la egolatría ajena; estar camuflada en mis espionajes me ha servido para testar a los que ignoran el mundo sencillo desde atalayas mayestáticas. La soberbia y la altanería tienen una mirada miope. Aunque Francisco Umbral era agudo y usaba sus enormes gafas de parapeto, la fama le había nublado sus pies de barro. Lo que convirtió aquel encuentro incómodo -para mí- en ternura fue que su libro favorito mío era “Mortal y rosa”. Un conmovedor, bello y herido libro, escrito tras la muerte de su hijo. Tal tragedia estaba escondida en lo más profundo del enigma de la esfinge.
En estas, Francisco Umbral volvió del lavabo y al sentarse, me dijo: “¿nadie, señorita?”. ¿Cuál era la pregunta, era yo nadie -una persona insignificante- o nadie había preguntado por él? No recuerdo cuanto tiempo pasó mientras entraron algunas personas y, de repente, como una exhalación, un señor gordote con gafas, que se abalanzó sobre la mesa de Francisco Umbral. Se dieron la mano -esa mano que unos minutos antes había sostenido una virilidad secreta- y mantuvieron una conversación de disculpas y reproches, alternativos. Dejé de prestarles atención cuando entró mi anhelado editor. José Matesanz, venía a explicarme los acuerdos de nuestro contrato literario, insistiendo en que yo debía ilustrar mi libro “Cuaderno romano”, para potenciar su contenido.
El señor gordote con gafas no llegó a pedir ni un café, Francisco Umbral se levantó envarado y, a punto de salir, aquellas gafas de culo de vaso me lanzaron una mirada pequeñita y la voz cavernosa me dijo: “gracias señorita, al fin llegó este mal educado”. Los días siguientes, estuve leyendo sus crónicas periodísticas, por si el gran mentidero de la corte comentaba algo al respecto; pero nada, nadie tuvo relevancia alguna para el cronista de marquesas, políticos y gentes faranduleras. De escritora a guardiana de orines ajenos, algunos encuentros míos con peculiares seres humanos han tenido -y tienen- sus anécdotas, que se vuelven inolvidables sí coinciden con una efeméride: Así fue, unas semanas después volví al Café Lyon, a firmar el contrato de la publicación de mi libro “Cuaderno Romano” con José Matesanz. Un par de meses después, la presentación del libro ocurrió en la Librería Buchholz, en la calle Martínez Campos de Madrid. Presentado por don José García Nieto, un poeta, un hombre generoso, grande y noble, una gran alma que vive en mi recuerdo.
Al fin, “yo he venido a mi blog a hablar de mi libro”, parafraseando aquella mítica frase de Francisco Umbral en la televisión.

La palabra carta, ocupa en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, nada menos que página y media de espacio. Escribir una carta, a mano y enviarla al Correo, ocupa un tiempo táctil, en esta época de premura, convirtiendo el gesto en un acto romántico; y en desuso, porque los correos electrónicos han suprimido, casi totalmente, ese método material y viajero. Lanzar un mensaje escrito en un papel, sin esperar con impaciencia la respuesta, es un acto valiente: es lanzar al destino unos papeles escritos, dentro de otro papel doblado que, ante unos ojos lectores, expliquen los sentimientos más profundos o exploten una reacción que sea tan grave, como el silencio perpetuo de una respuesta.

Cartas sin respuesta. Cartas perdidas. Yo, siempre he escrito cartas ante la imposibilidad de ajustar lo que mi alma sentía. Volcar las palabras adecuadas. Siempre he tenido la sospecha de que no tenía el espacio suficiente para hablar o decir o expresar y ser escuchada, o entendida. Al mandar una carta con confesiones, que se han estrellado ante unos ojos asombrados, queda el mensaje en un lugar ambiguo, sin poder averiguar la reacción del receptor. Una carta no es una conversación. Es una confesión. Antaño, las gentes separadas geográficamente se comunicaban a base de cartas, aunque no se supiera ni leer ni escribir. Alguien lo hacía a petición. Es cierto, yo misma escribí algunas cartas amorosas por encargo. Firmar una carta es un documento tan válido como un testamento notarial: ahí queda lo que se quiere comunicar per secula seculorum. Por eso es importante la fecha, que determina el momento del impulso. Una carta hológrafa es un documento único y total.

No me arrepiento de lo que escribí -en su día- a las personas que conocí, aunque fuera impertinente o absurdo. Cuando mandé un texto como el que lanza una flecha, no fue nunca para herir el corazón de nadie, sino para entrar en él. Para pedir perdón. Para pedir atención. Para amar. Para dejar de amar. Para dar explicaciones. Para contar sentimientos. Para compartir

A base de garabatos sagrados la Humanidad creó algo prodigioso, la escritura. La escritura hológrafa es una canalización sutil de “lo que quiere manifestarse”. A veces somos sólo eso, canal.  Al contar nuestra vida creamos vínculos.

La correspondencia es privada, sagrada en el sentido de absoluta confidencia. Leer una carta ajena es un acto de intromisión reprobable. Una desnudez impropia. Eso se ha extendido a los emails, a los teléfonos móviles con los correos privados. Nadie tiene derecho a leer correspondencia ajena. Si son mensajes, además, antiguos, de tiempos pasados que tenían su vigencia, esos intrusos lectores son ladrones, hollando con sus ojos sucios confidencias a destiempo. Conozco lecturas de cartas mías en habitaciones ajenas que, por complejas que fueran mis manifestaciones escritas hace años, me dieron, al enterarme de la violación, la medida de esos ojos cotillas. Algo que determinó mi distancia emocional de quien no respeta cartas ajenas en lugares privados.

La carta y los sellos.

Una de las ocasiones más dolorosas con respecto a mi envío de cartas fue en Mozambique: estando viviendo allí, escribí cartas a mi hijo y amigos, acompañadas de dibujos. Un día, al ir a la oficina de Correos en Maputo, una funcionaria delincuente, con cara cínica, me pidió el dinero de los sellos, diciéndome que ella los pegaba después. Aquellos sobres desaparecieron de mi vista y ninguna carta llegó nunca a su destinatario. Algo inadmisible en una oficina de Correos estatal.

La foto que acompaña a este escrito es de una carta que he enviado hace un mes a mi familia, que ahora reside en Marruecos. Esperando que me contestaran, con algún dibujo de mis nietos o algo por el estilo, en mi buzón ha aparecido la carta, devuelta. Y censurada. La dirección es la correcta y el franqueo es el correcto. Otras cartas ya llegaron antes. Lo que no parece ser correcto en este envío, para el gobierno marroquí, es uno de los sellos del sobre; un sello de la bandera LGBT, bandera arcoiris, símbolo del orgullo lésbico, gay, bisexual y trans desde 1978. O sea, un manifiesto impensable en el país alahuíta, pero, ¿es correcto censurar una carta con un sello oficial del Gobierno Español? Voy a volver a mandar la carta dentro de otro sobre con otros sellos. Sin abrir el sobre, no me interesa saber qué les decía a mis amados, es un pasado que se ha saltado a un presente y que debe ir al futuro.

Los sellos de correos han sido un valor de poderosa inversión económica durante siglos. Sellos con reproducciones artísticas, aniversarios o conmemoraciones de toda índole, cobran más valor cuando trasgreden algo. O tienen un defecto. O un mensaje perturbador. Este sello arcoíris lo tiene para ciertos conceptos morales o políticos. Por respeto a mi familia y para su seguridad, yo también he censurado el nombre y la dirección del sobre que aparece en la foto. Un efecto espejo de este pequeño suceso postal.

Sigo mandando cartas, aunque me duela la mano al escribir o el alma al contar lo que siento. En las Oficinas de Correos Españolas hay mucho tráfico de cartas oficiales, paquetes, muchos paquetes, pero sospecho que pocas cartas escritas a mano y con la vida dentro. Hay que volver a lo sencillo y auténtico. Para eso hace falta saber la dirección postal de la gente que nos interesa. Hoy en día, con los móviles y correos electrónicos, ignoramos dónde habitan amigos y conocidos. Si se pierde un teléfono móvil o una agenda electrónica, se pierde un rastro valioso y, puede ser, al amigo o amiga. Deberíamos pedir a los Reyes Magos una agenda de papel y escribir domicilios, para mandar una carta insospechada este año nuevo. Menudo regalo. Aseguro, que la sorpresa de quien reciba nuestra desconocida letra será tan mayúscula como alegre. Un gesto pequeño y sencillo, lleno de significado. Pero, cuidado con los sellos, nunca sabremos cuales son peligrosos o inconvenientes. Ahora que no hay que chupar el pegamento, como cuando chupábamos la cabeza de Franco como si quisiéramos tragar aquellos vitriólicos años oscuros, comprar sellos es cómodo: son autopegables. Cuidado, los de la bandera LGTB úsenlos solo para cartas o postales a países evolucionados y permisivos con cualquier tendencia sexual humana.

El Muro de Merlín

El presente -continuo, en esto que llamamos tiempo- sucede cuando no existe el pasado ni se manifiesta el futuro. Un instante, un soplo, una respiración. Lo eterno. Navegamos por la vida arrastrando un peso, a veces insoportable, que nos vincula por la memoria al pasado o tenemos la sensación de avanzar por un paisaje borroso -que hay que apartar como pesadas cortinas de hierro- para atisbar el futuro que siempre es abstracto. Cada persona tiene su concepto de tiempo, de vida, de libertad, según sus creencias y circunstancias. Ya que en esta tercera dimensión terrenal el tiempo es lineal, mientras caminamos, los seres humanos sentimos que avanzamos, que conquistamos triunfos o que sepultamos sucesos que nos han herido. Estamos lastrados por el concepto.

Lo que llamamos vida es una holografía con muchas interferencias. Igual que sienten los niños, si nos abandonamos a fluir en un re-nacimiento instantáneo todo se percibe en presente.

Yo soy (un poco) visionaria. Tuve, hace muchos años, anuncios de futuros catastróficos de la Humanidad a la que pertenezco. Nunca pude explicar muy bien en qué consistían, si eran imaginaciones oníricas, si eran comunicaciones astrales o si eran fantasías. Tenían una magnitud tan enorme que mi instinto me aconsejó destilar algunas cosas con prudencia, puesto que ni yo quería saber, ni asustarme tanto. ¿En cuál pasillo del espacio tiempo, se entra en las diferentes puertas de los bucles en donde están los agujeros negros de nuestra mente? Pues debe ser que yo me metí en algunos. De la misma forma que en los sueños se conecta con mundos paralelos -tan vívidos- de los que se sale al despertar, en esos instantes visionarios, tuve avisos de cambio, hasta con fecha calendaria. Sin detalles, todo borroso, algo se cernía…

Un día fui a un estreno de teatro. A los dos días siguientes, me fui al cine; en la sala estuvimos cuatro personas desperdigadas por las butacas. Al día siguiente, ante la alarma de la expansión de la Covid19, el Gobierno Español nos confinó a los ciudadanos a nuestros muros domésticos.

Por arte de magia, creado por un Merlín poderoso, apareció un muro delante de mis ojos que hizo desaparecer el mundo exterior; quedaba absolutamente prohibido salir a la calle. Como si se hubiera muerto el rey Pendragon fuera de mi piso, todo se tornó reclusión, dolor y muerte. Llegaba una Era Oscura. ¿Cómo sacar una espada de un presente petrificado y liberar este conjuro extraño que ha contaminado al planeta Tierra? ¿Cómo derrotar a un enemigo microscópico?

No tengo un loro que se llame Arquímedes, ni soy la bruja Madame Mim, pero, al desaparecer el mundo exterior con sus habitantes, me propuse realizar la magia más sencilla, la que la imaginación posee: y empecé a recorrer el paisaje de mi hogar para vivir la aventura más arriesgada, la soledad consciente. Pude cambiar de pensamiento y emoción cuantas veces necesité para hacerme compañía y experimentar la experiencia del confinamiento. Mientras, las noticias que aparecían del exterior a través de ondas, eran muy inquietantes, muertes, enfermedad, crisis sanitaria. Un parón en toda la Tierra, un tajo que ni la espada Excalibur hubiera cercenando con su poder. La casi total actividad de los humanos, quietos sobre esta roca inmensa que es la Madre Tierra, encerrados, petrificados… así quedamos en un presente continuo. Un instante y el Mundo conocido cambió para siempre. Hacía falta parar una dinámica enferma y depredadora y resetear nuestra existencia.

El gran control sanitario que han emprendido la mayoría de los países ha conseguido estabilizar la contaminación de la Covid19. La gran crisis anunciada en mis visiones apuntaba a un desplome económico pero este susto es superior a lo intuido; todo ha cambiado y ya nada volverá a ser igual que antes.

La gran fuente mágica de Luz que permitió que el niño Arturo sacara la espada incrustada en la piedra, es lo que ahora nos ayuda al cambio, es decir, la Gran Conciencia Universal nos atraviesa y cercena a todos mientras ocurre el supremo esfuerzo por remitir la expansión de un virus activo. Ahora, el Reino que nos merecemos los Humanos Conscientes, debe ser limpiado y regenerado. Tantos años oscuros, depredados por fuerzas malignas y caníbales han de extinguirse. Es difícil descifrar lo que palpita debajo de la propia pandemia y los argumentos que nos imponen los políticos. Han muerto millones de personas en estos meses y se avecina un roto económico de magnitudes catastróficas. Se percibe un cambio de paradigma que está surgiendo en cada instante de cada persona consciente. La Sanación está en marcha. Hagamos que cada instante presente sea un regalo mutuo para cambiar por una existencia plena y consciente.

Yo he nacido en Madrid, en la calle de O’Donnell. Ser “de Madrid” siempre tuvo para mí una cierta sensación de desarraigo, un no tener ni pueblo, ni tierra, ni lugar concreto en el mundo. Una cierta libertad cósmica. Por eso ese dicho “de Madrid al cielo”, como si la visita a este planeta fuera mucho más liviana que esas raíces que atornillan a las gentes a su terruño, a su lengua, a un país, a una bandera. Así ha sido; como cualquier cosmopolitismo la ciudad de Madrid se modifica constantemente; aluviones de personas vinieron, vienen, viven, se marchan, desaparecen, vienen otros… llenan este punto interior de una península variopinta… Yo, aunque viaje, siempre tengo la perenne sensación de permanecer en Madrid como la Puerta de Alcalá, viendo pasar el tiempo y mi propia vida, una flotante sensación de paso. Algunas esquinas de las calles madrileñas han sido mis atalayas urbanas; el bar de mi padre Lorenzo en la calle Narváez, esquina con la calle Menorca. Toda mi infancia corriendo y jugando por ese barrio, aunque viviera en otra parte de la ciudad. De adulta, tener el privilegio de vivir más de cuarenta años en una de las esquinas más bonitas de la ciudad de Madrid, en la calle de Castelló con la calle de Alcalá, (y unos pocos años, antes, en la esquina de la calle Lagasca con la calle Alcalá), me proporcionó la libre sensación de estar en una frontera de un barrio emblemático, un parque precioso y una calle antigua. Salía del portal y me podía desplazar radialmente, andando, a cualquier punto de la ciudad. En esa esquina, veía pasar “a todo el mundo del mundo”: un espectáculo cosmopolita y ameno que me diluía de inmediato por la ciudad en un anonimato fantástico. La gente. La vida. No sólo los comercios, tan diversos y surtidos, sino las mil sorpresas de una ciudad cambiante por horas, distinta, caótica, creativa, neurótica, sorprendente, festiva, abarrotada.

La vida me empujó a salir de esa esquina y buscar otro lugar en donde aposentar mis trastos humanos y un presente incierto. Ya lo he contado; una venta inmobiliaria, una búsqueda febril, una decisión, una compra y una mudanza a un piso en un barrio del este de Madrid. Ni esquina, ni gente, ni cosmopolitismo, ni sorpresas, ni alegría, ni cierta belleza, aunque el desmochado parque que tengo cerca se llame El Paraíso. Es el mercado, querida: el precio fluctuante, por metro cuadrado, de las jaulas urbanas donde encajonarse me trajo a la periferia. He conseguido ordenar el presente y hacer mío un piso luminoso, suficiente para mis artes y para acoger, cuando vienen a Madrid, a mis cuatro amores, mi pequeña familia. Oteando los alrededores, fui descubriendo el pequeño comercio circundante pero, para abastecerme de mis alimentos un tanto especiales, necesariamente, tenía que ir al centro cada dos por tres, para ir al cine o a impregnarme de arte o encuentros amistosos. Este barrio es una tumba. Sin remedio, para cualquier cosa, tengo que hacer trayectos largos en autobuses abarrotados. Voy y vengo. Vengo y voy. Me gusta el silencio, tengo mucho silencio, pero me pone triste este enclave urbano, desértico de vida y gente, de sorpresas y belleza. Me he vuelto más eremita aún; parezco la “vieja del visillo”, cuando atisbo por la venta un coche que pasa o escucho una voz fantasmal que retumba en la noche.

Estas Navidades pasadas, mi nieto Omar de dos años, estuvo conmigo una tarde entera, llenando la casa de su maravillosa energía, jugando, riendo y corriendo. En un momento dado se asomó a la ventana durante un rato largo. Volvió su guapa cara y me dijo, serio, “no hay nadie”. Y lo hizo varias veces más, repitiendo, “no hay nadie”. Así es Omar, en este lugar del barrio de Simancas, parece no haber nadie en la calle nunca y eso me empotra más en esta jaula, bonita y mía.
No hay nadie…

Cuando ahora esto escribo, desde el confinamiento mundial y obligatorio que nos ha coronado a la Humanidad entera como reyes y reinas de nuestro país interior, continente ignoto, convento trapense, laboratorio Frankenstein de nuestras casas, chabolas o palacios, me asomo a la ventana. Sí, no hay nadie, nadie pasa, nadie pasea, nadie corre o ríe. A través de infinitas imágenes en televisión y prensa se que no hay nadie en las calles, en los parques, en las carreteras, en los aeropuertos, en las estaciones, en los campos. Estamos todos en los países interiores, conectados a viajes cósmicos para no sufrir el confinamiento. Me pregunto cómo voy a reaccionar cuando me vuelva a encontrar en las calles llenas de gentes. Tampoco se si se podrá besar, abrazar o conversar sin un antifaz en la boca. Todos vamos a salir distintos a esa libertad que intuyo mermada irremediablemente, tengo sospechas. Los seres humanos muertos, contados en estadísticas internacionales por la pandemia del Covid-19, serán las víctimas oficiales. Los seres vivos que sobrevivan afrontarán una etapa difícil, económica y social. Toda la gente del mundo quedará tocada.

No hay nadie.

La Naturaleza se ha liberado de nosotros y se ha extendido, libre y fecunda, en esta primavera tan rara. Miro por la ventana, no hay nadie en la calle, pero intuyo a cada ser humano, recluido e íntimo en su hogar, expandiendo su esencia e imaginación. Medito por las personas que no tienen casa, techo o lugar seguro; los más vulnerables y frágiles. Ahora, millones de personas están paradas en seco menos las que prestan servicios esenciales. Después de esto, ¿habrá una reflexión de cómo tratamos a la Madre tierra y a nuestros semejantes? Mi esperanza de una humanidad repleta de amor, fraternidad y conciencia es mi anhelo. Deseo una nueva vida para todos, un cambio de paradigma dentro de este suceso histórico de primera magnitud. Yo, en eso estoy.

Recuperarse de una mudanza es como la convalecencia de una operación de trasplante. Una mudanza espacial, de casa, lugar, habitáculo, cueva o palacio es un parto y una muerte y un renacimiento. Hay personas dinámicas y ligeras que habitan distintos lugares como golondrinas. La mayoría de las personas se afincan y construyen un territorio personal en donde se acumula pasado, objetos y vivencias, tan petrificados al cabo del tiempo como una roca. Ciudades, casas, pisos; los urbanitas estamos encajonados en atmósferas pequeñas y, generalmente, putrefactas: una casa colmena en una colmena desproporcionada y caótica que se une a otras colmenitas y convierte en ciudad, un hormiguero, ahí habitamos nuestros pequeños mundos.

Hace más o menos un año que he salido de una guarida que terminó habitándome a mi. Un piso cerca de un parque mítico, en una esquina asomada al mundo. Obligada por las circunstancias, empujada por la ley y liberada de una rutina que de puro confortable casi me enferma de tedio, se tuvo que vender la casa, repartir la ganancia con el otro dueño e irme. Buscar un nuevo lugar en una gran ciudad como Madrid fue como encontrar una aguja en un pajar.

Antes, tuve de desalojar rincones, escamondar la vida pasada y tirar -casi todo- para liberar el estancamiento. Cosa nada fácil si se toma en consideración que “mis obras de arte” tenían que ser salvadas; telas pintadas, esculturas de reciclaje, cientos de dibujos y cuadernos, vestuario, libros, muchos libros. Lo demás, fuera. Desapego, una gesta dolorosa.

Emergieron todas las Juanas que hay en mi, mis múltiples yoes, mis caretas, mis disfraces, mis personajes, mis estratos, mis recuerdos, mis trastos. A las puertas de la mudanza estaba todo tirado, sucio, revuelto, convertido en un vertedero caótico; me preguntaba yo, esos montones de cosas, ¿son mi vida, mi percepción de mí misma? Los escombros que regalé, tiré y doné tuvieron su importancia en sus días, pero, al cabo del tiempo gastado, ¿a quién le importan? A quien quiso aprovecharlos.

Nada nos pertenece: ni lugares, ni personas, ni cosas. En la vida, los miles de prestamos que compramos o rescatamos son materia con contenido sentimental, nada más. No son de nadie, pero por esas cosas podemos hasta matar a alguien o ser matados por un ladrón. Las riquezas crean intranquilidad, hay que conservarlas. Si las roban… Los privilegios, las coronas, los dineros, también. Todo puede desaparecer de un momento a otro. Defenestrados por la vida. A la puñetera calle, a la mierda, a la horca.

La pequeña muerte de una mudanza de casa ha sido regeneradora, como cambiar de esqueleto y crecer. Por fortuna, no he tenido que salir de un país en guerra y atravesar muchos países para acogerme en paz y sosiego en alguno que me diera asilo, como están haciendo millones de seres humanos en esta época, en un éxodo tremendo e injusto. Mirado desde esta perspectiva sólo era un piso, un lugarcito gastado. La epopeya era mover el culo. Tener suficiente energía para cambiar de vida. Ay, la vida te cambia aunque no quieras, eso es lo bueno. No elegimos tanto como creemos. La vida nos vive.

Las madrigueras hogareñas que nos conceden pasillos laberínticos para escapar del exterior te las puede hocicar un hurón o desmoronar unas lluvias pertinentes. Siempre hay algo que acecha, ocupas intangibles, hasta fantasmas. Ocupamos lugares que fueron de otros y en donde murieron otros y en donde los recuerdos impregnados en las paredes, incordian.

La muerte, ese paso de deshabitar un cuerpo físico para caminar con los trastos del alma hacia la verdadera casa del Ser, es más placentera si entregamos las llaves como en la Rendición de Breda de Velázquez, con todo el vestuario encima, las lanzas de los combates ganados y la cortesía de quien sabe que no pierde nada, si no que, al entregar las llaves del cuerpo físico, se libera de la guerra humana.

Creo haber recolocado los restos del naufragio en otro lugar más luminoso y nuevo. Algunas Juanas se han quedado por el camino desaparecidas como espectros, Mis cuadros, dibujos, esculturas y escritos ocupan gran parte de otro piso urbano, cadáveres de miles de horas de trabajo que yo llamo arte como podría decir labor o entretenimiento, meditación o juego. En esas cosas, objetos y formas, están las Juanas del pasado. He sido aposentadora real de mis reales alcobas como ese don José Nieto de Las Meninas que era el verdadero Velázquez -no el auto retratado pintor- el que aposentaba, el que abría espacios reales, de un palacio a otro, de un viaje a otro, para que la Corte se moviera, un trabajazo de órdago.

Yo habito esta vida que se me ha concedido con escenarios distintos y cambios de personaje. Maquillo mi pequeña nada para divertirme, disimular o parecer otra, el juego de los espejos y de la apariencia. Sé que la gran Casa es la Madre Tierra. Visitarla en su esencia te dona jergón de suelo, techo de estrellas y muebles incómodos.

El consuelo es que se muere ligero de equipaje a barrios intangibles con vecinos traslúcidos. Un lugar en el Universo. Mientras, en esta estancia efímera de la vida terrenal, lo verdaderamente propio es el metro cuadrado donde aposentar cada día los pies y tenderse para dormir, un préstamo caro que te ancla y succiona. Cuidado con la propiedad, es mentira, no poseemos nada.

Juana Andueza

Me ha hecho falta un poco de reposo en casa, para darme cuenta de que hoy he vivido mi día Blade Runner apoteósico.

Al menos, el escenario urbano desde esta mañana, recorriendo la ciudad bajo una lluvia plomiza, gris, persistente, que no no ha parado ni un rato, con esas calles estrechas, sin árboles, con edificios feos, muy feos, calles vacías con muchos comercios cerrados, locales que dejaron de ser talleres, pequeñas fábricas, por un barrio rodeado de cementerios, parques y ancianos jubilados, bares tristes y esquinas imbéciles, para entrar a un almacén atestadísimo, de la mano de un amigo generoso, bueno y entrañable que me regala un sombrero de copa, un bombín, un salakof y un -otro- bastón, como si me pudiera convertir en cochero, londinense o explorador de selvas vírgenes, nada más usar esas piezas antiguas.

Hemos llevado unos muebles a un lugar, para terminar conversando con sus amigos. Un joven con un sueño replicante, convencido de que el futuro humano va a ser el que le van a proporcionar a él, “una pastilla” ( parece ser que otras dos más cada dos años, mas o menos) para regenerarse continuamente y vivir, pues unos mil años, del tirón, así sin mas…

Seguida de una conversación en el mesón horroroso que han convertido en su bar favorito, esos amigos encantadores, delante de un menú, debajo de una tele a todo volumen. Generosos amigos que nos han devuelto al local musical, para seguir con la advertencia del futuro perfecto del joven que quiere ser eterno,, esas pastillas para autoregenerarse, no envejecer y vivi mil años, sin saber de qué, me digo yo.

No me extraña, si el policía Deckard andaba buscando replicantes camuflados en ese Nueva York (ciudad de mi replicante andrógina, ya lo amplío), hoy yo me sintiera, enfundada con la gabardina heredada de mi padre, que había encontrado el verdadero conejo, no de las Indias, si no el de un experimento perverso (su contacto es un policía del Cesid, el que le va a proporcionar “la pastilla”, según él, que no ha hablado del precio de esa maravilla), que le haría permanecer en este plano terrenal hasta el año nosecuantosmil y mil, que al lado de la canija cifra del 2049 de la segunda parte de Blade Runner, la fantasía de este encantador joven superaba a Burroughs en muchísima más intención. Encima, con una alegría suprema por poder vivir miles de emociones y de experiencias en esos mil años de vida sin que le caiga ni una maceta encima ni por casualidad, con un cuerpo eterno, joven e inmortal.

Me paro aquí para preguntarme, ¿de qué se puede vivir mil años si hoy en España nos amenazan con que no hay posibilidad de que haya pensiones para todos los infinitos viejos que se avecinan? ¿Este joven eterno podría mantener a todos los viejos que vayamos palmando, él solo, un héroe, con la memoria de todos esos años humanos enciclopédica como un akashico muy suyo?

Este joven encantador, socio de una mujer sabia y bella, que ha omitido lo mucho que sabe, me ha hecho exprimir mi personal conocimiento de lo que significa vivir y, gloriosamente, morir. Sin resultado alguno. Ser mayor y morir no está bien visto para los futurólogos pastilleros.

Bueno, pues, después de regresar a casa para resguardar los sombreros, he tenido que acompañar a una replicante, un encargo de una amiga: llevar a una transexual, sin empatía alguna por su parte, es decir a una chica que se ha convertido en chico, no sé cuando, a un evento de una organización feminista que orbita en los géneros y visualiza a personas de toda condición. Esperándola entre puestos de flores, debajo de la interminable y fuerte lluvia, acogiéndola bajo mi pequeño paraguas para que no se le oxidara su ambigüedad, chocando en la calle con seres oscuros, vestidos de negro, por Tirso de Molina, el Rastro. Bandeando grandes charcos con un bastón y un paraguas, compartido con esa, ese, joven hermético, bello, andrógino, un hijo de Angelina y de Brad pero un poco más mayor, preguntándome si ser policía que busca Nexus 6, un rato, bajo neones llovidos, portales ocupados por mendigos eternos y llegar a una cita poética y, a la vez, ajena a mi, heteroespiritual yo, género sin patentar aún. Volviendo a ponerme la gabardina y compartiendo paraguas por la calle llovidísima, percibiendo modelos humanoides híbridos, Nexus 6 camuflados, buzos en los charcos, cansinos urbanitas, gentes del mundo en un barrio joven. La lluvia, la lluvia, la lluvia, empapada hasta las bragas.

Si el nuevo amigo va a vivir mil años con una pastilla que le va a proporcionar un agente del Cesid, en estos días, cuando los rusos se han cargado a dos espías en desuso, en Londres y yo voy de camino por el viejo Madrid con un modelo humanoide, ambiguo e impermeable, aunque estuviera calado de agua como un lenguado, un día en que las conversaciones a ráfagas se cruzaban conmigo y solo hablaban del asesinato de un niño inocente, mientras la lluvia no cesaba, me sentía humanidad doliente, materia densa, vida incomprensible. Eso es lo que tiene el futuro japonés con robots que se creen humanos.

Si el futuro siempre ha sido profético a través del cine, siempre mi culto para la película de Wim Wenders, Hasta el fin del mundo, saber que tengo un amigo que va a vivir mil años, replicándose a sí mismo, mientras yo haya desparecido hace cientos de años y ya no haya géneros, ni roles, ni hombres, ni mujeres, solo paseantes bajo la lluvia eterna de los polos derretidos, glaciación y conciencia suprema, me pregunto, ¿se acordará de mi?

En la reunión, solo he podido comprar un fancine, editado por las gentes de una órbita múltiple, para volver a dejar a la chica-chico en la boca del metro y escuchar en el autobús las últimas conversaciones de las noticias morbosas de un asesinato infantil, sin ganas de entrar en todas las fantasías que me rodean, harta de la fealdad, de esta experiencia de mi alma que me mete en bucles cansados. El mal actuando para que la gente buena luzca su corazón.

Un sombrero de copa, un bombín, un salakof y un bastón, un teatrito para sentir que solo somos replicantes de nuestra mente juguetona, sin nadie que nos busque para eliminarnos que con nuestra fecha de caducidad ya es suficiente.

Tal día como hoy, casi rozando ese 2049 que con pastillas los eones son pan comido, agente yo del nuevo Blade Runner madrileño, no tengo más remedio que repetir la frase mítica:

“Todos estos momentos se perderán en el tiempo. Como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir…”

Y dejar escapar la paloma del amor -propio- para inmolarlo a la Eternidad donde vive lo que Somos, sin pastillas, sin trucos, sin sentirse como Dorian Gray o Narciso.

Sin entender casi nada, una vez que me he secado, me voy a dormir.

Juana, Rick a ratos, con gabardina.

Buenas noches señoras y señores:

Les agradezco de antemano su atención.

Me llamo Juana Andueza. Para simplificar diré que soy una artista: pintora, escultora, escritora y actriz.

Ayer, 18 de Febrero de 2018, he cumplido 69 años, lo que yo llamo 69 vueltas al Padre Sol. Y hoy, lo celebro con ustedes.

 

Mi periplo vital ha sido muy intenso y accidentado, lleno de obstáculos, pruebas, lecciones. Miles de batallitas podría contarles. No ha sido fácil pero me ha guiado la inocencia y el entusiasmo.

¿Cómo se sabe que se es un artista? Siéndolo. Hasta en las cosas mas nimias y cotidianas.

Los niños son artistas puros. Los niños juegan, crean mundos, están conectados a un campo cuántico lleno de infinitas posibilidades.

En casa de mis padres no había apenas nada, ni un solo libro pero, mi inmensa curiosidad y mi deseo de aprender, me convirtieron en lectora. Y escritora, de muuuchos cuadernos.

De joven, fui poeta. Tengo escritos muchos cuentos, relatos, dos novelas sin publicar aún en papel, una en Amazón, guiones para la emisora Onda Cero, libretos de teatro. Cartas, muchas cartas.

Desde hace poco, tengo un blog en Internet.

 

De niña, en las paredes del bar de mi padre Lorenzo Andueza, con tiza, hice miles y miles de dibujos. Seguí dibujando, siempre, hasta ahora. Gran parte de mi oficio como pintora emergió en mis interminables horas de estudio y observación en la Academia más importante y libre que tenía a mano, el Museo del Prado. Y en mis viajes visité muchos museos.

Llevo muuuuuchos años pintando y he pasado por varias y distintas etapas.

Casi siempre han sido las mujeres, yo misma, mi inspiración.

Empecé a aprender pintando paisajes, bodegones y retratos, hasta desembocar en aquellas putas entrañables de las calles del Madrid de los 80′ y 90′, a las formidables gordas, (yo fui gorda profesional cuando aquella gira fantástica de la Orquesta Mondragón, ya saben ellos las prefieren gordas, gordas…) Y muchos temas de los entresijos teatrales y musicales; camerinos, bambalinas. La verdad detrás de las patas de un escenario…

Dibujos eróticos.

 

Aquellos años de sex, drugs and rock and roll de aquel Madrid que casi nos engulló a unos cuantos, por fortuna, tuvieron un giro importante para mi gracias a un repentino despertar clarividente para salir de aquella vida noctámbula, y despertar para tomar la Senda de la Evolución Consciente.

Con humildad y perseverancia, conseguí limpiarme y conectar con mi alma, entonces, afloraron mis talentos y dones mas divinos. Una de mis más eficaces ayudas fueron aquellos diez años  en que estuve desarrollando los dos libros de Alicia en el País de las Maravillas. Pinté cuadros, hice dibujos, esculturas de reciclaje y me convertí en una coneja dicharachera que ha hecho muchos pequeños espectáculos, contando cosas desternillantes.

Esa Senda Evolutiva me hizo vivir en varios países del continente africano, de Norte a Sur y de Oeste a Este, desde entonces, pinto mujeres y animales…

Resultaría abrumador mostrarles la totalidad de mis creaciones y mis andanzas artísticas por eso, solo les voy a mostrar algunos cuadros y dibujos recientes. Les paso estos tarjetones donde pueden entrar a conocer mis cosas tranquilamente en otro momento.

Lo confieso, soy una autodidacta en todo pero, con una intuición inmensa.

Lo mejor de mi carácter, aparte del sentido del humor, el motor de mi vida, ha sido siempre la actitud: un ánimo, un impulso del ánima para estar dispuesta positivamente.

La alegría de vivir. El reto de aprender.

¡Qué gran escuela es la vida! ¿verdad?

 

El cine, el teatro, la literatura, la pintura, alimentaron las grandes carencias que yo traía y me formaron una estructura en donde vivir.

Ese es mi país, el Arte en toda su extensión.

Acercándome tanto a un escenario, a una pantalla de cine, a un concierto o a un espectáculo de cualquier índole, me convertí en actriz.

Me habitan varios personajes que afloran cuando menos me lo espero. Algunas veces me los regalan para interpretarlos y, otros, me nos invento yo. He rodado películas, he interpretado personajes en el teatro y en la calle, He hecho televisión, publicidad, tantas cosas…

No es fácil ser artista, desde luego. Todo consiste en perseverar. Indagar. Hacer.

Cuando me preguntan de qué vivo, yo siempre digo que de milagro porque existen los milagros. Este es uno, hablarles a ustedes y que me demuestren tanto cariño y respeto.

Para ser artista sólo hay que confiar, fluir, creer en una misma, averiguar quién se Es, con mayúscula.

El pensamiento crea nuestra realidad. Hay que dirigir y domar la mente, canalizar la información sutil que nos impregna. Conocer el Ser que Somos y todo se torna mas fácil, menos sufriente.

Los artistas re-creamos esta Creación inconmensurable, somos canales de una Mente infinita.

El arte es una inspiración, solo hay que observar, meditar. Respirar y extraer de ese Internet Cósmico todas las Ideas que pasan para hacerlas nuestras y desarrollarlas. Todos somos artistas. Si recuperamos la niña, el niño que somos, podemos manejar nuestra pureza y recordar lo que Somos en Esencia. Estar alegres y jugar. Mientras, ya puede hacer ruido lo que nos circunda.

 

Ah, ya veo que llevan un buen rato valorando mi indumentaria, claro, ésta alfombra que hace de vestido tiene que ver con la pieza que vamos a ver…

Mi amado amigo, Javier Muñiz, me ha invitado a presentarme en este magnífico lugar. Lo más adecuado he creído que sea mi primera película como realizadora: Flygande Mattan, (Alfombra Voladora, en sueco). Un acto total de reciclaje, puesto que como acepto muchos trabajos para ganar dinero, en aquel momento en que me ofrecieron coser y ensamblar unos pesados trozos de alfombra en un lugar espectacular y devastado, para aprovechar aquellas horas en aquel ático, casi abandonado, pensé en realizar esta pieza, sencilla, con ayuda de mi joven amigo Alex Diéguez que anda por aquí.

Ya que estamos en Casa Decor, qué menos que traerles una alfombra voladora, para eso me he vestido con la indumentaria necesaria, ya ven, no se puede llevar mucho peso encima de una alfombra que vuela, una cantimplora, una brújula, solo lo imprescindible para no despeinarse.

Estamos en un lugar en donde muchos artistas han creado espacios llenos de belleza e ingenio.

La decoración nos instala fantasías en nuestra vida cotidiana.

Recién estrenados mis 69 años, (todo el mundo dice qué erótica fecha), les recomiendo que disfruten del paseo por este edificio y compren lo que necesiten.

A su disposición están mis obras artísticas, cuadros, dibujos, esculturas, personajes… Yo misma…

Para eso les he pasado los tarjetones, en cualquier momento, podemos quedar y charlar y conocernos.

Les invito a merendar en plan Alicia, cualquier día, en mi casa, para ver las piezas.

Ahora, visionaremos mi corto y volaremos juntos. Luego, Casa Decor les invita a un vino.

 

Ah, no dejen de soñar, de hacer de su vida una obra de arte. Confíen es sí mismos. Tengan plena alegría de vivir.

Poner Arte a la Vida es valorar lo más humilde, insignificante y cotidiano. Tengan coraje para evolucionar.

Les recomiendo que sus corazones no se queden parapetados detrás del miedo y las arquitecturas mentales. Tengan empatía con el prójimo. y mucha paciencia con ustedes mismos.

Desnuden su verdad de disfraces sociales. Jueguen. Aprendan. Disfruten.

Fomenten sus milagros. Flipen.

Ya saben, por cien euros se puede comprar una alfombra voladora pero, por nada, ustedes pueden volar al rincón más lejano del Cosmos con su Imaginación, no la frenen nunca.

Vuelen, ensamblen su propia Alfombra voladora y recorran la vida desde cierta altura en donde puedan observarse.

Ah, antes de despedirme les regalo una historia del Rey Salomón: Uno de los reyes más influyentes de Persia, que tenía también su propia alfombra. Salomón recibió su preciado tesoro como regalo de la Reina de Saba y era tal su tamaño que cabía todo su séquito: las personas a la derecha y los espíritus a la izquierda. Además, tal era el poder de ese monarca, que el viento cumplía sus órdenes, asegurando que la alfombra avanzara en la dirección correcta. No queda ahí la cosa, un dosel de pájaros protegía a los transportados por el sol.

 

Y ahora, les dejo con mi película.

Muchas gracias.

(Texto íntegro leído e interpretado por Juana Andueza el 19 de febrero de 2018, con motivo de la presentación del cortometraje “Flygande Mattan” en el auditorio de Casa Decor en su 53ª edición)

El diccionario define la inopia como “pobreza e indigencia”, para aclarar a continuación ese dicho, estar en la inopia, como “estar distraído o no darse cuenta de lo que sucede”… En estos tiempos de clarividencia colectiva, en los que miles y miles de seres humanos en el mundo están despertando sus conciencias para percibir el espejismo que nos impregna y distorsiona, se manifiesta con claridad que la pobreza social colectiva convierte a los pueblos en esclavos de un sistema- no solo injusto y perverso- si no en indigentes y faltos de medios para vivir. Encapsulados todos en esquemas, plantillas, creencias, modelos y conceptos, la homologación colectiva nos embrutece, nos distrae y nos inclina a no darnos cuenta de lo que sucede, cuando es la pura vida la que sucede en nuestra percepción espacio-tiempo.

Todos lo estamos sintiendo, en muchos lugares del mundo, en colectivos humanos muy activos, cada día, se denuncian infinitas injusticias, para informar, o cambiar leyes o gobiernos.

El arte siempre tuvo la responsabilidad de plantear preguntas, dudas, revertir los conceptos, romper las estructuras de lo oficial o, sencillamente, zarandear las conciencias hasta estremecernos. Así ha sido siempre en Occidente, desde que la mirada de los clásicos unificó la llamada realidad, los cánones de la armonía y el mensaje. La Madre Tierra, con sus periodos evolutivos en cada lugar geográfico e histórico, ha acogido todos los vaivenes humanos: Ella sí que no está en la Inopia, nos nutre y acoge lo que sucede, hasta lo más aberrante para Ella. Flotando sobre esa Madre fascinante, cada día, en lugares remotos ocurren infinitas cosas: una revolución, una música, una película, unos cuadros, una conversación, una escena encima de un escenario, una denuncia en la prensa, una nueva mirada al Reino Animal, un foro cualquiera en este vehículo llamado Internet. Ese tejido activo nos envuelve y, desde nosotros mismos, nos empatiza a comprender e identificarnos con otros seres humanos. La gesta diaria más sublime es cuando cualquiera de esos seres humanos rompe sus límites mentales, sociales y culturales y permite que el sueño, el deseo y el milagro se manifiesten en él. Eso lo cambia todo.

Para comprender el collage que precede a todo esto, en el espectáculo de danza que ha realizado en Madrid -en Mayo de 2017- mi admirado Alberto Velasco, aparte de esas coreografías potentes para un bailarín de 120 kilos -como se anunciaba- en un momento dado, recuperando el fuelle de la respiración, Alberto nos contó que un abejorro es demasiado gordo para volar con unas alas tan pequeñas para sostenerle en el aire: ese problema de física se solventa cuando el insecto en su inopia, distraído por el intenso olor de las bellas flores, las poliniza con alegría, subiendo y bajando su peso durante toda una jornada con sus alitas.

La verdadera belleza vital consiste en sobrepasar los límites ajenos y propios, jugar con las apariencias y sostenerse en ese limbo propio. No importa la etiqueta que la familia, la sociedad o el momento histórico nos haya prendido en el cogote para bajar la cabeza y obedecer. No importa que nuestra mente haya adoptado durante años un discurso negativo, derrotista y enfermo, sabemos que podemos volar, bailar, crear, escribir nuestra vida. Lo que importa es decidir, posicionarse, liberarse desde ese adentro en donde no puede entrar nadie; y el milagro se realiza. Casi todos los seres humanos están amenazados de una u otra manera por instituciones perversas y manipuladoras. Por lo que a mí me atañe, las mujeres en el mundo entero tenemos una presión y una esclavización del patriarcado, enorme, insoportable y asfixiante; mutilaciones y asesinatos. Las abejorras como yo que, desde hace tiempo, hemos levantado el vuelo con nuestros cuerpos rotundos y la carga que se nos otorgó al nacer, vivimos muchos años en una inopia que -ahora- se ha vuelto consciente. Esa toma de consciencia nos ha llevado, primero, al autoconocimiento y, luego, a una fraternidad universal, arcoiris de luz limpia, que permite pasear entre nubes o desiertos, de la mano de otros seres humanos que se merecen paz, amor, alegría, abundancia y dignidad para sus vidas.

Polinicemos la vida, bailemos, manifestemos con el pensamiento, la palabra y la acción a este cuerpo físico que envuelve lo que Somos…