El Muro de Merlín

El presente -continuo, en esto que llamamos tiempo- sucede cuando no existe el pasado ni se manifiesta el futuro. Un instante, un soplo, una respiración. Lo eterno. Navegamos por la vida arrastrando un peso, a veces insoportable, que nos vincula por la memoria al pasado o tenemos la sensación de avanzar por un paisaje borroso -que hay que apartar como pesadas cortinas de hierro- para atisbar el futuro que siempre es abstracto. Cada persona tiene su concepto de tiempo, de vida, de libertad, según sus creencias y circunstancias. Ya que en esta tercera dimensión terrenal el tiempo es lineal, mientras caminamos, los seres humanos sentimos que avanzamos, que conquistamos triunfos o que sepultamos sucesos que nos han herido. Estamos lastrados por el concepto.

Lo que llamamos vida es una holografía con muchas interferencias. Igual que sienten los niños, si nos abandonamos a fluir en un re-nacimiento instantáneo todo se percibe en presente.

Yo soy (un poco) visionaria. Tuve, hace muchos años, anuncios de futuros catastróficos de la Humanidad a la que pertenezco. Nunca pude explicar muy bien en qué consistían, si eran imaginaciones oníricas, si eran comunicaciones astrales o si eran fantasías. Tenían una magnitud tan enorme que mi instinto me aconsejó destilar algunas cosas con prudencia, puesto que ni yo quería saber, ni asustarme tanto. ¿En cuál pasillo del espacio tiempo, se entra en las diferentes puertas de los bucles en donde están los agujeros negros de nuestra mente? Pues debe ser que yo me metí en algunos. De la misma forma que en los sueños se conecta con mundos paralelos -tan vívidos- de los que se sale al despertar, en esos instantes visionarios, tuve avisos de cambio, hasta con fecha calendaria. Sin detalles, todo borroso, algo se cernía…

Un día fui a un estreno de teatro. A los dos días siguientes, me fui al cine; en la sala estuvimos cuatro personas desperdigadas por las butacas. Al día siguiente, ante la alarma de la expansión de la Covid19, el Gobierno Español nos confinó a los ciudadanos a nuestros muros domésticos.

Por arte de magia, creado por un Merlín poderoso, apareció un muro delante de mis ojos que hizo desaparecer el mundo exterior; quedaba absolutamente prohibido salir a la calle. Como si se hubiera muerto el rey Pendragon fuera de mi piso, todo se tornó reclusión, dolor y muerte. Llegaba una Era Oscura. ¿Cómo sacar una espada de un presente petrificado y liberar este conjuro extraño que ha contaminado al planeta Tierra? ¿Cómo derrotar a un enemigo microscópico?

No tengo un loro que se llame Arquímedes, ni soy la bruja Madame Mim, pero, al desaparecer el mundo exterior con sus habitantes, me propuse realizar la magia más sencilla, la que la imaginación posee: y empecé a recorrer el paisaje de mi hogar para vivir la aventura más arriesgada, la soledad consciente. Pude cambiar de pensamiento y emoción cuantas veces necesité para hacerme compañía y experimentar la experiencia del confinamiento. Mientras, las noticias que aparecían del exterior a través de ondas, eran muy inquietantes, muertes, enfermedad, crisis sanitaria. Un parón en toda la Tierra, un tajo que ni la espada Excalibur hubiera cercenando con su poder. La casi total actividad de los humanos, quietos sobre esta roca inmensa que es la Madre Tierra, encerrados, petrificados… así quedamos en un presente continuo. Un instante y el Mundo conocido cambió para siempre. Hacía falta parar una dinámica enferma y depredadora y resetear nuestra existencia.

El gran control sanitario que han emprendido la mayoría de los países ha conseguido estabilizar la contaminación de la Covid19. La gran crisis anunciada en mis visiones apuntaba a un desplome económico pero este susto es superior a lo intuido; todo ha cambiado y ya nada volverá a ser igual que antes.

La gran fuente mágica de Luz que permitió que el niño Arturo sacara la espada incrustada en la piedra, es lo que ahora nos ayuda al cambio, es decir, la Gran Conciencia Universal nos atraviesa y cercena a todos mientras ocurre el supremo esfuerzo por remitir la expansión de un virus activo. Ahora, el Reino que nos merecemos los Humanos Conscientes, debe ser limpiado y regenerado. Tantos años oscuros, depredados por fuerzas malignas y caníbales han de extinguirse. Es difícil descifrar lo que palpita debajo de la propia pandemia y los argumentos que nos imponen los políticos. Han muerto millones de personas en estos meses y se avecina un roto económico de magnitudes catastróficas. Se percibe un cambio de paradigma que está surgiendo en cada instante de cada persona consciente. La Sanación está en marcha. Hagamos que cada instante presente sea un regalo mutuo para cambiar por una existencia plena y consciente.

Yo he nacido en Madrid, en la calle de O’Donnell. Ser «de Madrid» siempre tuvo para mí una cierta sensación de desarraigo, un no tener ni pueblo, ni tierra, ni lugar concreto en el mundo. Una cierta libertad cósmica. Por eso ese dicho «de Madrid al cielo», como si la visita a este planeta fuera mucho más liviana que esas raíces que atornillan a las gentes a su terruño, a su lengua, a un país, a una bandera. Así ha sido; como cualquier cosmopolitismo la ciudad de Madrid se modifica constantemente; aluviones de personas vinieron, vienen, viven, se marchan, desaparecen, vienen otros… llenan este punto interior de una península variopinta… Yo, aunque viaje, siempre tengo la perenne sensación de permanecer en Madrid como la Puerta de Alcalá, viendo pasar el tiempo y mi propia vida, una flotante sensación de paso. Algunas esquinas de las calles madrileñas han sido mis atalayas urbanas; el bar de mi padre Lorenzo en la calle Narváez, esquina con la calle Menorca. Toda mi infancia corriendo y jugando por ese barrio, aunque viviera en otra parte de la ciudad. De adulta, tener el privilegio de vivir más de cuarenta años en una de las esquinas más bonitas de la ciudad de Madrid, en la calle de Castelló con la calle de Alcalá, (y unos pocos años, antes, en la esquina de la calle Lagasca con la calle Alcalá), me proporcionó la libre sensación de estar en una frontera de un barrio emblemático, un parque precioso y una calle antigua. Salía del portal y me podía desplazar radialmente, andando, a cualquier punto de la ciudad. En esa esquina, veía pasar «a todo el mundo del mundo»: un espectáculo cosmopolita y ameno que me diluía de inmediato por la ciudad en un anonimato fantástico. La gente. La vida. No sólo los comercios, tan diversos y surtidos, sino las mil sorpresas de una ciudad cambiante por horas, distinta, caótica, creativa, neurótica, sorprendente, festiva, abarrotada.

La vida me empujó a salir de esa esquina y buscar otro lugar en donde aposentar mis trastos humanos y un presente incierto. Ya lo he contado; una venta inmobiliaria, una búsqueda febril, una decisión, una compra y una mudanza a un piso en un barrio del este de Madrid. Ni esquina, ni gente, ni cosmopolitismo, ni sorpresas, ni alegría, ni cierta belleza, aunque el desmochado parque que tengo cerca se llame El Paraíso. Es el mercado, querida: el precio fluctuante, por metro cuadrado, de las jaulas urbanas donde encajonarse me trajo a la periferia. He conseguido ordenar el presente y hacer mío un piso luminoso, suficiente para mis artes y para acoger, cuando vienen a Madrid, a mis cuatro amores, mi pequeña familia. Oteando los alrededores, fui descubriendo el pequeño comercio circundante pero, para abastecerme de mis alimentos un tanto especiales, necesariamente, tenía que ir al centro cada dos por tres, para ir al cine o a impregnarme de arte o encuentros amistosos. Este barrio es una tumba. Sin remedio, para cualquier cosa, tengo que hacer trayectos largos en autobuses abarrotados. Voy y vengo. Vengo y voy. Me gusta el silencio, tengo mucho silencio, pero me pone triste este enclave urbano, desértico de vida y gente, de sorpresas y belleza. Me he vuelto más eremita aún; parezco la «vieja del visillo», cuando atisbo por la venta un coche que pasa o escucho una voz fantasmal que retumba en la noche.

Estas Navidades pasadas, mi nieto Omar de dos años, estuvo conmigo una tarde entera, llenando la casa de su maravillosa energía, jugando, riendo y corriendo. En un momento dado se asomó a la ventana durante un rato largo. Volvió su guapa cara y me dijo, serio, «no hay nadie». Y lo hizo varias veces más, repitiendo, «no hay nadie». Así es Omar, en este lugar del barrio de Simancas, parece no haber nadie en la calle nunca y eso me empotra más en esta jaula, bonita y mía.
No hay nadie…

Cuando ahora esto escribo, desde el confinamiento mundial y obligatorio que nos ha coronado a la Humanidad entera como reyes y reinas de nuestro país interior, continente ignoto, convento trapense, laboratorio Frankenstein de nuestras casas, chabolas o palacios, me asomo a la ventana. Sí, no hay nadie, nadie pasa, nadie pasea, nadie corre o ríe. A través de infinitas imágenes en televisión y prensa se que no hay nadie en las calles, en los parques, en las carreteras, en los aeropuertos, en las estaciones, en los campos. Estamos todos en los países interiores, conectados a viajes cósmicos para no sufrir el confinamiento. Me pregunto cómo voy a reaccionar cuando me vuelva a encontrar en las calles llenas de gentes. Tampoco se si se podrá besar, abrazar o conversar sin un antifaz en la boca. Todos vamos a salir distintos a esa libertad que intuyo mermada irremediablemente, tengo sospechas. Los seres humanos muertos, contados en estadísticas internacionales por la pandemia del Covid-19, serán las víctimas oficiales. Los seres vivos que sobrevivan afrontarán una etapa difícil, económica y social. Toda la gente del mundo quedará tocada.

No hay nadie.

La Naturaleza se ha liberado de nosotros y se ha extendido, libre y fecunda, en esta primavera tan rara. Miro por la ventana, no hay nadie en la calle, pero intuyo a cada ser humano, recluido e íntimo en su hogar, expandiendo su esencia e imaginación. Medito por las personas que no tienen casa, techo o lugar seguro; los más vulnerables y frágiles. Ahora, millones de personas están paradas en seco menos las que prestan servicios esenciales. Después de esto, ¿habrá una reflexión de cómo tratamos a la Madre tierra y a nuestros semejantes? Mi esperanza de una humanidad repleta de amor, fraternidad y conciencia es mi anhelo. Deseo una nueva vida para todos, un cambio de paradigma dentro de este suceso histórico de primera magnitud. Yo, en eso estoy.

Recuperarse de una mudanza es como la convalecencia de una operación de trasplante. Una mudanza espacial, de casa, lugar, habitáculo, cueva o palacio es un parto y una muerte y un renacimiento. Hay personas dinámicas y ligeras que habitan distintos lugares como golondrinas. La mayoría de las personas se afincan y construyen un territorio personal en donde se acumula pasado, objetos y vivencias, tan petrificados al cabo del tiempo como una roca. Ciudades, casas, pisos; los urbanitas estamos encajonados en atmósferas pequeñas y, generalmente, putrefactas: una casa colmena en una colmena desproporcionada y caótica que se une a otras colmenitas y convierte en ciudad, un hormiguero, ahí habitamos nuestros pequeños mundos.

Hace más o menos un año que he salido de una guarida que terminó habitándome a mi. Un piso cerca de un parque mítico, en una esquina asomada al mundo. Obligada por las circunstancias, empujada por la ley y liberada de una rutina que de puro confortable casi me enferma de tedio, se tuvo que vender la casa, repartir la ganancia con el otro dueño e irme. Buscar un nuevo lugar en una gran ciudad como Madrid fue como encontrar una aguja en un pajar.

Antes, tuve de desalojar rincones, escamondar la vida pasada y tirar -casi todo- para liberar el estancamiento. Cosa nada fácil si se toma en consideración que «mis obras de arte» tenían que ser salvadas; telas pintadas, esculturas de reciclaje, cientos de dibujos y cuadernos, vestuario, libros, muchos libros. Lo demás, fuera. Desapego, una gesta dolorosa.

Emergieron todas las Juanas que hay en mi, mis múltiples yoes, mis caretas, mis disfraces, mis personajes, mis estratos, mis recuerdos, mis trastos. A las puertas de la mudanza estaba todo tirado, sucio, revuelto, convertido en un vertedero caótico; me preguntaba yo, esos montones de cosas, ¿son mi vida, mi percepción de mí misma? Los escombros que regalé, tiré y doné tuvieron su importancia en sus días, pero, al cabo del tiempo gastado, ¿a quién le importan? A quien quiso aprovecharlos.

Nada nos pertenece: ni lugares, ni personas, ni cosas. En la vida, los miles de prestamos que compramos o rescatamos son materia con contenido sentimental, nada más. No son de nadie, pero por esas cosas podemos hasta matar a alguien o ser matados por un ladrón. Las riquezas crean intranquilidad, hay que conservarlas. Si las roban… Los privilegios, las coronas, los dineros, también. Todo puede desaparecer de un momento a otro. Defenestrados por la vida. A la puñetera calle, a la mierda, a la horca.

La pequeña muerte de una mudanza de casa ha sido regeneradora, como cambiar de esqueleto y crecer. Por fortuna, no he tenido que salir de un país en guerra y atravesar muchos países para acogerme en paz y sosiego en alguno que me diera asilo, como están haciendo millones de seres humanos en esta época, en un éxodo tremendo e injusto. Mirado desde esta perspectiva sólo era un piso, un lugarcito gastado. La epopeya era mover el culo. Tener suficiente energía para cambiar de vida. Ay, la vida te cambia aunque no quieras, eso es lo bueno. No elegimos tanto como creemos. La vida nos vive.

Las madrigueras hogareñas que nos conceden pasillos laberínticos para escapar del exterior te las puede hocicar un hurón o desmoronar unas lluvias pertinentes. Siempre hay algo que acecha, ocupas intangibles, hasta fantasmas. Ocupamos lugares que fueron de otros y en donde murieron otros y en donde los recuerdos impregnados en las paredes, incordian.

La muerte, ese paso de deshabitar un cuerpo físico para caminar con los trastos del alma hacia la verdadera casa del Ser, es más placentera si entregamos las llaves como en la Rendición de Breda de Velázquez, con todo el vestuario encima, las lanzas de los combates ganados y la cortesía de quien sabe que no pierde nada, si no que, al entregar las llaves del cuerpo físico, se libera de la guerra humana.

Creo haber recolocado los restos del naufragio en otro lugar más luminoso y nuevo. Algunas Juanas se han quedado por el camino desaparecidas como espectros, Mis cuadros, dibujos, esculturas y escritos ocupan gran parte de otro piso urbano, cadáveres de miles de horas de trabajo que yo llamo arte como podría decir labor o entretenimiento, meditación o juego. En esas cosas, objetos y formas, están las Juanas del pasado. He sido aposentadora real de mis reales alcobas como ese don José Nieto de Las Meninas que era el verdadero Velázquez -no el auto retratado pintor- el que aposentaba, el que abría espacios reales, de un palacio a otro, de un viaje a otro, para que la Corte se moviera, un trabajazo de órdago.

Yo habito esta vida que se me ha concedido con escenarios distintos y cambios de personaje. Maquillo mi pequeña nada para divertirme, disimular o parecer otra, el juego de los espejos y de la apariencia. Sé que la gran Casa es la Madre Tierra. Visitarla en su esencia te dona jergón de suelo, techo de estrellas y muebles incómodos.

El consuelo es que se muere ligero de equipaje a barrios intangibles con vecinos traslúcidos. Un lugar en el Universo. Mientras, en esta estancia efímera de la vida terrenal, lo verdaderamente propio es el metro cuadrado donde aposentar cada día los pies y tenderse para dormir, un préstamo caro que te ancla y succiona. Cuidado con la propiedad, es mentira, no poseemos nada.

Juana Andueza

Me ha hecho falta un poco de reposo en casa, para darme cuenta de que hoy he vivido mi día Blade Runner apoteósico.

Al menos, el escenario urbano desde esta mañana, recorriendo la ciudad bajo una lluvia plomiza, gris, persistente, que no no ha parado ni un rato, con esas calles estrechas, sin árboles, con edificios feos, muy feos, calles vacías con muchos comercios cerrados, locales que dejaron de ser talleres, pequeñas fábricas, por un barrio rodeado de cementerios, parques y ancianos jubilados, bares tristes y esquinas imbéciles, para entrar a un almacén atestadísimo, de la mano de un amigo generoso, bueno y entrañable que me regala un sombrero de copa, un bombín, un salakof y un -otro- bastón, como si me pudiera convertir en cochero, londinense o explorador de selvas vírgenes, nada más usar esas piezas antiguas.

Hemos llevado unos muebles a un lugar, para terminar conversando con sus amigos. Un joven con un sueño replicante, convencido de que el futuro humano va a ser el que le van a proporcionar a él, «una pastilla» ( parece ser que otras dos más cada dos años, mas o menos) para regenerarse continuamente y vivir, pues unos mil años, del tirón, así sin mas…

Seguida de una conversación en el mesón horroroso que han convertido en su bar favorito, esos amigos encantadores, delante de un menú, debajo de una tele a todo volumen. Generosos amigos que nos han devuelto al local musical, para seguir con la advertencia del futuro perfecto del joven que quiere ser eterno,, esas pastillas para autoregenerarse, no envejecer y vivi mil años, sin saber de qué, me digo yo.

No me extraña, si el policía Deckard andaba buscando replicantes camuflados en ese Nueva York (ciudad de mi replicante andrógina, ya lo amplío), hoy yo me sintiera, enfundada con la gabardina heredada de mi padre, que había encontrado el verdadero conejo, no de las Indias, si no el de un experimento perverso (su contacto es un policía del Cesid, el que le va a proporcionar «la pastilla», según él, que no ha hablado del precio de esa maravilla), que le haría permanecer en este plano terrenal hasta el año nosecuantosmil y mil, que al lado de la canija cifra del 2049 de la segunda parte de Blade Runner, la fantasía de este encantador joven superaba a Burroughs en muchísima más intención. Encima, con una alegría suprema por poder vivir miles de emociones y de experiencias en esos mil años de vida sin que le caiga ni una maceta encima ni por casualidad, con un cuerpo eterno, joven e inmortal.

Me paro aquí para preguntarme, ¿de qué se puede vivir mil años si hoy en España nos amenazan con que no hay posibilidad de que haya pensiones para todos los infinitos viejos que se avecinan? ¿Este joven eterno podría mantener a todos los viejos que vayamos palmando, él solo, un héroe, con la memoria de todos esos años humanos enciclopédica como un akashico muy suyo?

Este joven encantador, socio de una mujer sabia y bella, que ha omitido lo mucho que sabe, me ha hecho exprimir mi personal conocimiento de lo que significa vivir y, gloriosamente, morir. Sin resultado alguno. Ser mayor y morir no está bien visto para los futurólogos pastilleros.

Bueno, pues, después de regresar a casa para resguardar los sombreros, he tenido que acompañar a una replicante, un encargo de una amiga: llevar a una transexual, sin empatía alguna por su parte, es decir a una chica que se ha convertido en chico, no sé cuando, a un evento de una organización feminista que orbita en los géneros y visualiza a personas de toda condición. Esperándola entre puestos de flores, debajo de la interminable y fuerte lluvia, acogiéndola bajo mi pequeño paraguas para que no se le oxidara su ambigüedad, chocando en la calle con seres oscuros, vestidos de negro, por Tirso de Molina, el Rastro. Bandeando grandes charcos con un bastón y un paraguas, compartido con esa, ese, joven hermético, bello, andrógino, un hijo de Angelina y de Brad pero un poco más mayor, preguntándome si ser policía que busca Nexus 6, un rato, bajo neones llovidos, portales ocupados por mendigos eternos y llegar a una cita poética y, a la vez, ajena a mi, heteroespiritual yo, género sin patentar aún. Volviendo a ponerme la gabardina y compartiendo paraguas por la calle llovidísima, percibiendo modelos humanoides híbridos, Nexus 6 camuflados, buzos en los charcos, cansinos urbanitas, gentes del mundo en un barrio joven. La lluvia, la lluvia, la lluvia, empapada hasta las bragas.

Si el nuevo amigo va a vivir mil años con una pastilla que le va a proporcionar un agente del Cesid, en estos días, cuando los rusos se han cargado a dos espías en desuso, en Londres y yo voy de camino por el viejo Madrid con un modelo humanoide, ambiguo e impermeable, aunque estuviera calado de agua como un lenguado, un día en que las conversaciones a ráfagas se cruzaban conmigo y solo hablaban del asesinato de un niño inocente, mientras la lluvia no cesaba, me sentía humanidad doliente, materia densa, vida incomprensible. Eso es lo que tiene el futuro japonés con robots que se creen humanos.

Si el futuro siempre ha sido profético a través del cine, siempre mi culto para la película de Wim Wenders, Hasta el fin del mundo, saber que tengo un amigo que va a vivir mil años, replicándose a sí mismo, mientras yo haya desparecido hace cientos de años y ya no haya géneros, ni roles, ni hombres, ni mujeres, solo paseantes bajo la lluvia eterna de los polos derretidos, glaciación y conciencia suprema, me pregunto, ¿se acordará de mi?

En la reunión, solo he podido comprar un fancine, editado por las gentes de una órbita múltiple, para volver a dejar a la chica-chico en la boca del metro y escuchar en el autobús las últimas conversaciones de las noticias morbosas de un asesinato infantil, sin ganas de entrar en todas las fantasías que me rodean, harta de la fealdad, de esta experiencia de mi alma que me mete en bucles cansados. El mal actuando para que la gente buena luzca su corazón.

Un sombrero de copa, un bombín, un salakof y un bastón, un teatrito para sentir que solo somos replicantes de nuestra mente juguetona, sin nadie que nos busque para eliminarnos que con nuestra fecha de caducidad ya es suficiente.

Tal día como hoy, casi rozando ese 2049 que con pastillas los eones son pan comido, agente yo del nuevo Blade Runner madrileño, no tengo más remedio que repetir la frase mítica:

«Todos estos momentos se perderán en el tiempo. Como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir…»

Y dejar escapar la paloma del amor -propio- para inmolarlo a la Eternidad donde vive lo que Somos, sin pastillas, sin trucos, sin sentirse como Dorian Gray o Narciso.

Sin entender casi nada, una vez que me he secado, me voy a dormir.

Juana, Rick a ratos, con gabardina.

Buenas noches señoras y señores:

Les agradezco de antemano su atención.

Me llamo Juana Andueza. Para simplificar diré que soy una artista: pintora, escultora, escritora y actriz.

Ayer, 18 de Febrero de 2018, he cumplido 69 años, lo que yo llamo 69 vueltas al Padre Sol. Y hoy, lo celebro con ustedes.

 

Mi periplo vital ha sido muy intenso y accidentado, lleno de obstáculos, pruebas, lecciones. Miles de batallitas podría contarles. No ha sido fácil pero me ha guiado la inocencia y el entusiasmo.

¿Cómo se sabe que se es un artista? Siéndolo. Hasta en las cosas mas nimias y cotidianas.

Los niños son artistas puros. Los niños juegan, crean mundos, están conectados a un campo cuántico lleno de infinitas posibilidades.

En casa de mis padres no había apenas nada, ni un solo libro pero, mi inmensa curiosidad y mi deseo de aprender, me convirtieron en lectora. Y escritora, de muuuchos cuadernos.

De joven, fui poeta. Tengo escritos muchos cuentos, relatos, dos novelas sin publicar aún en papel, una en Amazón, guiones para la emisora Onda Cero, libretos de teatro. Cartas, muchas cartas.

Desde hace poco, tengo un blog en Internet.

 

De niña, en las paredes del bar de mi padre Lorenzo Andueza, con tiza, hice miles y miles de dibujos. Seguí dibujando, siempre, hasta ahora. Gran parte de mi oficio como pintora emergió en mis interminables horas de estudio y observación en la Academia más importante y libre que tenía a mano, el Museo del Prado. Y en mis viajes visité muchos museos.

Llevo muuuuuchos años pintando y he pasado por varias y distintas etapas.

Casi siempre han sido las mujeres, yo misma, mi inspiración.

Empecé a aprender pintando paisajes, bodegones y retratos, hasta desembocar en aquellas putas entrañables de las calles del Madrid de los 80′ y 90′, a las formidables gordas, (yo fui gorda profesional cuando aquella gira fantástica de la Orquesta Mondragón, ya saben ellos las prefieren gordas, gordas…) Y muchos temas de los entresijos teatrales y musicales; camerinos, bambalinas. La verdad detrás de las patas de un escenario…

Dibujos eróticos.

 

Aquellos años de sex, drugs and rock and roll de aquel Madrid que casi nos engulló a unos cuantos, por fortuna, tuvieron un giro importante para mi gracias a un repentino despertar clarividente para salir de aquella vida noctámbula, y despertar para tomar la Senda de la Evolución Consciente.

Con humildad y perseverancia, conseguí limpiarme y conectar con mi alma, entonces, afloraron mis talentos y dones mas divinos. Una de mis más eficaces ayudas fueron aquellos diez años  en que estuve desarrollando los dos libros de Alicia en el País de las Maravillas. Pinté cuadros, hice dibujos, esculturas de reciclaje y me convertí en una coneja dicharachera que ha hecho muchos pequeños espectáculos, contando cosas desternillantes.

Esa Senda Evolutiva me hizo vivir en varios países del continente africano, de Norte a Sur y de Oeste a Este, desde entonces, pinto mujeres y animales…

Resultaría abrumador mostrarles la totalidad de mis creaciones y mis andanzas artísticas por eso, solo les voy a mostrar algunos cuadros y dibujos recientes. Les paso estos tarjetones donde pueden entrar a conocer mis cosas tranquilamente en otro momento.

Lo confieso, soy una autodidacta en todo pero, con una intuición inmensa.

Lo mejor de mi carácter, aparte del sentido del humor, el motor de mi vida, ha sido siempre la actitud: un ánimo, un impulso del ánima para estar dispuesta positivamente.

La alegría de vivir. El reto de aprender.

¡Qué gran escuela es la vida! ¿verdad?

 

El cine, el teatro, la literatura, la pintura, alimentaron las grandes carencias que yo traía y me formaron una estructura en donde vivir.

Ese es mi país, el Arte en toda su extensión.

Acercándome tanto a un escenario, a una pantalla de cine, a un concierto o a un espectáculo de cualquier índole, me convertí en actriz.

Me habitan varios personajes que afloran cuando menos me lo espero. Algunas veces me los regalan para interpretarlos y, otros, me nos invento yo. He rodado películas, he interpretado personajes en el teatro y en la calle, He hecho televisión, publicidad, tantas cosas…

No es fácil ser artista, desde luego. Todo consiste en perseverar. Indagar. Hacer.

Cuando me preguntan de qué vivo, yo siempre digo que de milagro porque existen los milagros. Este es uno, hablarles a ustedes y que me demuestren tanto cariño y respeto.

Para ser artista sólo hay que confiar, fluir, creer en una misma, averiguar quién se Es, con mayúscula.

El pensamiento crea nuestra realidad. Hay que dirigir y domar la mente, canalizar la información sutil que nos impregna. Conocer el Ser que Somos y todo se torna mas fácil, menos sufriente.

Los artistas re-creamos esta Creación inconmensurable, somos canales de una Mente infinita.

El arte es una inspiración, solo hay que observar, meditar. Respirar y extraer de ese Internet Cósmico todas las Ideas que pasan para hacerlas nuestras y desarrollarlas. Todos somos artistas. Si recuperamos la niña, el niño que somos, podemos manejar nuestra pureza y recordar lo que Somos en Esencia. Estar alegres y jugar. Mientras, ya puede hacer ruido lo que nos circunda.

 

Ah, ya veo que llevan un buen rato valorando mi indumentaria, claro, ésta alfombra que hace de vestido tiene que ver con la pieza que vamos a ver…

Mi amado amigo, Javier Muñiz, me ha invitado a presentarme en este magnífico lugar. Lo más adecuado he creído que sea mi primera película como realizadora: Flygande Mattan, (Alfombra Voladora, en sueco). Un acto total de reciclaje, puesto que como acepto muchos trabajos para ganar dinero, en aquel momento en que me ofrecieron coser y ensamblar unos pesados trozos de alfombra en un lugar espectacular y devastado, para aprovechar aquellas horas en aquel ático, casi abandonado, pensé en realizar esta pieza, sencilla, con ayuda de mi joven amigo Alex Diéguez que anda por aquí.

Ya que estamos en Casa Decor, qué menos que traerles una alfombra voladora, para eso me he vestido con la indumentaria necesaria, ya ven, no se puede llevar mucho peso encima de una alfombra que vuela, una cantimplora, una brújula, solo lo imprescindible para no despeinarse.

Estamos en un lugar en donde muchos artistas han creado espacios llenos de belleza e ingenio.

La decoración nos instala fantasías en nuestra vida cotidiana.

Recién estrenados mis 69 años, (todo el mundo dice qué erótica fecha), les recomiendo que disfruten del paseo por este edificio y compren lo que necesiten.

A su disposición están mis obras artísticas, cuadros, dibujos, esculturas, personajes… Yo misma…

Para eso les he pasado los tarjetones, en cualquier momento, podemos quedar y charlar y conocernos.

Les invito a merendar en plan Alicia, cualquier día, en mi casa, para ver las piezas.

Ahora, visionaremos mi corto y volaremos juntos. Luego, Casa Decor les invita a un vino.

 

Ah, no dejen de soñar, de hacer de su vida una obra de arte. Confíen es sí mismos. Tengan plena alegría de vivir.

Poner Arte a la Vida es valorar lo más humilde, insignificante y cotidiano. Tengan coraje para evolucionar.

Les recomiendo que sus corazones no se queden parapetados detrás del miedo y las arquitecturas mentales. Tengan empatía con el prójimo. y mucha paciencia con ustedes mismos.

Desnuden su verdad de disfraces sociales. Jueguen. Aprendan. Disfruten.

Fomenten sus milagros. Flipen.

Ya saben, por cien euros se puede comprar una alfombra voladora pero, por nada, ustedes pueden volar al rincón más lejano del Cosmos con su Imaginación, no la frenen nunca.

Vuelen, ensamblen su propia Alfombra voladora y recorran la vida desde cierta altura en donde puedan observarse.

Ah, antes de despedirme les regalo una historia del Rey Salomón: Uno de los reyes más influyentes de Persia, que tenía también su propia alfombra. Salomón recibió su preciado tesoro como regalo de la Reina de Saba y era tal su tamaño que cabía todo su séquito: las personas a la derecha y los espíritus a la izquierda. Además, tal era el poder de ese monarca, que el viento cumplía sus órdenes, asegurando que la alfombra avanzara en la dirección correcta. No queda ahí la cosa, un dosel de pájaros protegía a los transportados por el sol.

 

Y ahora, les dejo con mi película.

Muchas gracias.

(Texto íntegro leído e interpretado por Juana Andueza el 19 de febrero de 2018, con motivo de la presentación del cortometraje «Flygande Mattan» en el auditorio de Casa Decor en su 53ª edición)

El diccionario define la inopia como “pobreza e indigencia”, para aclarar a continuación ese dicho, estar en la inopia, como “estar distraído o no darse cuenta de lo que sucede”… En estos tiempos de clarividencia colectiva, en los que miles y miles de seres humanos en el mundo están despertando sus conciencias para percibir el espejismo que nos impregna y distorsiona, se manifiesta con claridad que la pobreza social colectiva convierte a los pueblos en esclavos de un sistema- no solo injusto y perverso- si no en indigentes y faltos de medios para vivir. Encapsulados todos en esquemas, plantillas, creencias, modelos y conceptos, la homologación colectiva nos embrutece, nos distrae y nos inclina a no darnos cuenta de lo que sucede, cuando es la pura vida la que sucede en nuestra percepción espacio-tiempo.

Todos lo estamos sintiendo, en muchos lugares del mundo, en colectivos humanos muy activos, cada día, se denuncian infinitas injusticias, para informar, o cambiar leyes o gobiernos.

El arte siempre tuvo la responsabilidad de plantear preguntas, dudas, revertir los conceptos, romper las estructuras de lo oficial o, sencillamente, zarandear las conciencias hasta estremecernos. Así ha sido siempre en Occidente, desde que la mirada de los clásicos unificó la llamada realidad, los cánones de la armonía y el mensaje. La Madre Tierra, con sus periodos evolutivos en cada lugar geográfico e histórico, ha acogido todos los vaivenes humanos: Ella sí que no está en la Inopia, nos nutre y acoge lo que sucede, hasta lo más aberrante para Ella. Flotando sobre esa Madre fascinante, cada día, en lugares remotos ocurren infinitas cosas: una revolución, una música, una película, unos cuadros, una conversación, una escena encima de un escenario, una denuncia en la prensa, una nueva mirada al Reino Animal, un foro cualquiera en este vehículo llamado Internet. Ese tejido activo nos envuelve y, desde nosotros mismos, nos empatiza a comprender e identificarnos con otros seres humanos. La gesta diaria más sublime es cuando cualquiera de esos seres humanos rompe sus límites mentales, sociales y culturales y permite que el sueño, el deseo y el milagro se manifiesten en él. Eso lo cambia todo.

Para comprender el collage que precede a todo esto, en el espectáculo de danza que ha realizado en Madrid -en Mayo de 2017- mi admirado Alberto Velasco, aparte de esas coreografías potentes para un bailarín de 120 kilos -como se anunciaba- en un momento dado, recuperando el fuelle de la respiración, Alberto nos contó que un abejorro es demasiado gordo para volar con unas alas tan pequeñas para sostenerle en el aire: ese problema de física se solventa cuando el insecto en su inopia, distraído por el intenso olor de las bellas flores, las poliniza con alegría, subiendo y bajando su peso durante toda una jornada con sus alitas.

La verdadera belleza vital consiste en sobrepasar los límites ajenos y propios, jugar con las apariencias y sostenerse en ese limbo propio. No importa la etiqueta que la familia, la sociedad o el momento histórico nos haya prendido en el cogote para bajar la cabeza y obedecer. No importa que nuestra mente haya adoptado durante años un discurso negativo, derrotista y enfermo, sabemos que podemos volar, bailar, crear, escribir nuestra vida. Lo que importa es decidir, posicionarse, liberarse desde ese adentro en donde no puede entrar nadie; y el milagro se realiza. Casi todos los seres humanos están amenazados de una u otra manera por instituciones perversas y manipuladoras. Por lo que a mí me atañe, las mujeres en el mundo entero tenemos una presión y una esclavización del patriarcado, enorme, insoportable y asfixiante; mutilaciones y asesinatos. Las abejorras como yo que, desde hace tiempo, hemos levantado el vuelo con nuestros cuerpos rotundos y la carga que se nos otorgó al nacer, vivimos muchos años en una inopia que -ahora- se ha vuelto consciente. Esa toma de consciencia nos ha llevado, primero, al autoconocimiento y, luego, a una fraternidad universal, arcoiris de luz limpia, que permite pasear entre nubes o desiertos, de la mano de otros seres humanos que se merecen paz, amor, alegría, abundancia y dignidad para sus vidas.

Polinicemos la vida, bailemos, manifestemos con el pensamiento, la palabra y la acción a este cuerpo físico que envuelve lo que Somos…

Este señor bigotudo de la foto se ha materializado estos días en Madrid y Barcelona, en la presentación al público de una biografía apasionante, la vida de Lola Montes, una falsa española que quiso ser reina. Ese libro, escrito por la periodista Cristina Morató, es una investigación profunda sobre el periplo vital de una mujer irlandesa que ocupó muchas noticias periodísticas en su tiempo, inaugurando la definición de “celebrity”, tal y como la entendemos ahora.

James Gordon Bennet fue el editor y dueño del periódico norteamericano más sensacionalista de la época, el New York Herald. Con fino olfato profesional este hombre vendía miles de periódicos con noticias escandalosas. Uno de sus personajes favoritos fue Lola Montes.

Habría que acudir enseguida a una librería a comprar la biografía de Lola Montes, ligeramente novelada, para adentrarse en esa época, en la que la belleza, la astucia y los escándalos de una mujer singular -aparte de mil aventuras- llevó a abdicar al enamorado rey Luis I, su protector, tras causar una crisis política de envergadura en Baviera.

Desde 1843 la lista de periodistas que la criticaron, entrevistaron o conocieron es larga. Les cito a algunos de los admiradores periodistas que escribieron “ríos de tinta” sobre ella y sus escándalos, en Europa y Estados Unidos:

El crítico cultural del Morning Post de Londres. El periodista del Evening Chronicle. Antoni Lesznowski, editor de la Gaceta de Varsovia. Jules Janin, crítico del Journal des Debats. Pier Angelo Fiorentino de Le Corsaire. Gustave Claudin de La Presse. Henri y Alexandre Dujarrier, editor de La Presse. Jean Baptiste Rosemond, de Beauvallon Le Globe. George Henry Francis, editor del Morning Post. El gran Papon. James Grant, corresponsal del New York Herald en Barcelona. Patrick Purdy Hull, editor de San Francisco Whing and Commercial Advertiser. Henry Shipley, editor del Grass Valley Telegraph…

Yo mismo…

Este aterrizaje mío en la época terráquea actual desde, por ejemplo, el año 1853 en que entrevisté a Lola Montes en su casa de New York, me ha conmocionado muchísimo. El espacio tiempo se ha comprimido, no me ha rebajado de peso pero sí me ha estrujado la mente hasta casi volverme loco. Estoy encerrado en un hotel, cada vez que bajo a la calle me conmociono muchísimo. Mi conocimiento del mundo, hasta disolver lo que yo creía que era “la verdad”, me ha posicionado en un lugar increíble: ¿Cómo podría yo relatar a mis lectores cómo se vive en el futuro que es el presente continuo? Por lo visto, lo que les rodea a todos en la calle lo llaman tecnología. Yo, apuntaba en mis cuadernos con lápiz y pluma estilográfica lo que escuchaba y luego ordenaba que mis artículos se imprimieran, gracias a las rotativas, en papel. En estas calles sigue habiendo periódicos, tengo un montón atesorados a mi alrededor. Sin embargo, hay muchos cristales por todas partes que mueven imágenes y letras. No es el cinematógrafo. ¿O sí lo es? Para tranquilizarme, he conseguido algunas revistas en inglés, The Economist, The Atlantic, The New Republic, The New Yorker. Mi desconcierto al leerlas ha aumentado hasta casi desmayarme. Qué barbaridad de época, ¿lo que yo escribía en mi periódico era escandaloso? La Humanidad está inmersa en algo tremendo al que yo no puedo -casi- ni inventar adjetivos. Todo está documentado, pasado, presente, futuro. La documentación -ahora- se posa de inmediato en esos cristales que se mueven. Aunque existen libros, los he visto en algunas tiendas. Lo bueno de materializarme en este lugar -que se llama España- es que leo el castellano y lo entiendo. No me quiero alejar del tema porque si hago filosofía científica me tengo que preguntar si soy un fantasma que me densifico para investigar la actualidad. Me voy a limitar a contar lo que, a duras penas, percibo.

Los periódicos The New York Times y El Páis tienen contenidos muy sesudos y también muchos reportajes superficiales, como los que yo editaba. Todo, salpicado de muchas fotografías de un realismo extraordinario. Aquí todo tiene muchísimo color. El gran periódico que todo el mundo usa se llama Internet. Un buen hombre, que se ha parado a charlar conmigo -dado mi aspecto decimonónico, como ha apuntado- me ha dicho que esa información no se compra en la calle, en papel; es una información móvil en las pantallas esas y que lo abarca TODO. Ese anciano llevaba una pantalla de esas en el bolsillo, pura magia… me ha ayudado a sentarme en un banco, estaba a punto de desmayarme de la impresión… Le he dado el nombre de la periodista Cristina Morató, que me ha traído desde el pasado a la presentación de su libro y a esta época convulsa. Necesito hablar con ella, es la única persona de confianza que conozco. El anciano ha escrito ese nombre en su aparato y me ha prometido que el contacto se hará enseguida. Tengo infinitas preguntas que hacerle.

Lo han escrito tantos -tantas veces- eso de que la pintura es como la cocina. Lo he comprobado yo -tantas veces- el arte es como cocinar. Los seres humanos re-creamos constantemente, con el fuego del alma, el brasero de la imaginación y el sopicaldo de la sangre borboteada, casi todo lo que produce la Gran Patata Madre Tierra.

Arte y Vida es lo mismo: un gran juego en el que algunos seres estamos -con delantal y cacharrería- para aprender y dar. Para recibir y dar. Volteando varias veces al aire esa tortilla jugosa de la vida que nunca se quema si se cuida, que cuaja cuando quiere y que para consumirla, hace falta hambre.

El primer llanto del ser humano es por hambre. El instinto busca la ubre. Se necesita comer para combustionar la energía propia. Se necesita arte para alimentar el alma. Si no hay arte en la vida todo es comida basura. Hay arte en todo, si se sabe degustar, aunque los sabores sean amargos, picantes, ácidos o salados. Cualquier suceso es un ingrediente, cualquier ojo es un recipiente, cualquier palabra es la especie justa.

El talento es un capacho que se trae de la manita al nacer, en el fondo del recipiente hay ingredientes propios; nunca se acaba si se usa, esa es la magia del artista; cuanto más saca, más hay. Como dicen los Maestros, todo lo que no se da, se pierde. El capacho de una coneja convertida en maga, como yo, ha extraído materia del fondo infinito de su capacho. Las manos sacan, procesan y se materializan las recetas que están escritas en el aire. Vivir en la cocina ambulante de la vida no necesita más fogón que el campo, el parque, la calle, el océano o un sótano…

Tienen prestigio antiguo los hombres cocineros, los hombres artistas, los hombres científicos, los hombres que hacen paellas sangrientas con sus delirios de poder. Pero las cocineras del mundo han sido siempre las mujeres, en sus hornillitos, o fuegos, con sus vientres, menudo horno, dioss…

Algunas mujeres que hemos nacido artistas, con bisabuelos pintores, o no, como yo. Con un entorno propicio, o no, como yo. Con una preparación académica, o no, como yo, nos hemos dado, al cabo de los años, el diploma de la academia más anónima: ser autodidacta es una caída al vacío. Como le pasó a mi Alicia querida, me he precipitado mil veces en el torbellino de mi ignorancia, sin dejar de atizar mi fogón vivencial, sin quitarme el mandil, sin quitarme el humor, el pincel, el cuchillo o la escenografía teatral. Sin tener una familia femenina cercana, las amigas-hermanas que me ha regalado la vida, me han donado recetas de sus propias vidas, en la que yo he sido cazuela, especia, carne de ballena, hacha, bombona de gas, sal, coneja, tamiz, mantel, pez volador, aceite, tartera, servilleta, bebida, pan tierno, bayeta…

El festín de Elennette.

Elena Santonja Esquivias, adorada, querida y conocida por muchísimas personas a lo largo de su larga vida ha sido chef de su jugosa vida y pinche sin experiencia en la mía. Quince años mayor que yo, con lo que eso significa en una vida apasionada, se dejó amar por mí, sin ponerla pedestal alguno, con respeto y holgura. Hay amistades que necesitan fermentación. En plan tonelete, yo he reposado durante años su amistad sin imponer nada, escuchando sus infinitas anécdotas sin meter baza, sobre todo, estando tranquila dentro de su corazón. En algunas ocasiones, me la llevé de viaje a lugares lejanos, en los que intentaba tirarme por la borda en cuanto aparecía alguien dispuesto a compartir sus caprichos pero, en cuanto se descuidaba, yo me encaramaba de nuevo a su risa y, por allí, navegábamos sin rumbo.

Seductora, brillante y divertida, el festín de su abundante mesa personal, en la que estaba desplegada toda la batería intelectual para prolongar cada almuerzo hasta la noche, me ha regalado exquisitas migajas. En éste último año de su vida, me ha dejado rebanarla en lonchas finas, para una salmuera de conversaciones íntimas. Tras comerse la vida a bocaos, Elena ha tenido que hacer una digestión difícil y reposada en su cuarto, lleno de recuerdos; eso me ha permitido una intimidad excepcional, en muchas tardes de visita y servicio. Al lado, en la cocina, hemos conversado, bebido tazas de té, mojando risas y verdades.

Elena me ha dejado la mesa puesta y un curso de capacitación para usar, no el nitrógeno, sino los ingredientes precisos para nutrir, día a día, mi vida con amor y humor. Yo le he dado todo lo que ha querido.

El misterio de la muerte. En esos otros planos de la existencia, ¿estará ahora Elena en el vestíbulo de las almas, en donde se espera y se comprende ésta experiencia vital? Ay, tantos encuentros la esperan en el festín más sutil de todos. Pienso en eso mientras friego mis platos junto a un chorrillo de lágrimas alegres. Al llegar a ese lugar, cuando yo muera, preguntaré por Elena, a ver si me tiene reservado un buen lugar en una mesa opulenta, abundante y bellísima, presidida por el Gran Chef de todo esto, el Cocinero de nuestra Existencia. Hasta entonces, aún sin ella, me toca vivir y vivir y vivir…

Mi amada amiga Elena Santonja ha vivido en la calle Hermosilla de Madrid durante muchos años; hasta que falleció en 2016, dejando en mi alma un gran poso de alegría, humor y amistad, por haber compartido tanta vida, tantos viajes, tantas meriendas y tantas charlas desternillantes.

El año pasado, una vecina suya -artista también- me contrató para ensamblar una enorme alfombra de gruesa lana que había tejido un sobrino suyo con Síndrome de Down: la destinataria de esa alfombra era una escultora de renombre. La futura alfombra era tan grande y pesada que decidimos, en vez de traérmela a mi casa, mejor, la podía ensamblar en el ático de Hermosilla, un lugar que fue, desde principios del siglo XX, una academia de dibujo y pintura del maestro Palmaroli: una academia en la que estudió dibujo al natural Elena Santonja cuando era jovencita, la única alumna junto a un montón de alumnos varones. En ese ático, presidido por un ventanal inmenso que daba al Norte, lleno de insólitas basuras, muebles y desperdicios varios, sobre la gran mesa que Elena guardaba allí, me pasé dos meses cosiendo monjilmente los trozos de lana. En silencio, dentro de aquella luz estable, esas meditaciones me dieron, un día, una idea: ¿por qué no aprovechar ese espacio tan destartalado? Al fin, un director de arte de cine -llamado antes decorador- se hubiera pasado un montón de tiempo para poder recrear semejante ambiente devastado.

Así que dicho y hecho. Primero, lié a Alex Diéguez, mi jovencísimo y talentoso amigo. Un domingo por la mañana fuimos al ático, a rodar unas secuencias de un guión que yo, previamente, había escrito, la historia de una mujer acosada por las deudas. Ante su delicada situación, la protagonista se compra en IDEA una alfombra voladora. La ensambla y, una vez terminada, sale volando por la terraza. Con unos focos prestados, iluminamos unos rincones y trazamos la ruta del relato en tres partes. Aquella mañana, salimos de allí con la plena sensación de haber amortizado con creces la escenografía desbaratada de ese lugar.

Hasta que no intervino mi querido hijo Hugo Serra como productor ejecutivo, para mejorar la pieza que en un principio carecía de la calidad necesaria, -dada nuestra cinefilia mutua- no seguí liando a más gente: Miguel Navarro Alexiades, que hizo desde el primer momento la edición (montaje) y exportó el material con diligencia. Alberto Valle fue el diseñador de los preciosos títulos de crédito y del cartel que acompaña a este corto (y a este post). Gonzalo Solas se ganó su crédito de Diseñador de Sonido: grabó de nuevo mi voz en off y generó los efectos en su estudio (Monster Tracks) y nos hizo las mezclas finales. Alex y Hugo buscaron las inquietantes y evocadoras músicas en la web de un compositor que se pude usar con eso tan moderno llamado Creative Commons. Finalmente, la supervisión de los subtítulos en inglés estuvo a cargo de una artista bilingüe, Gloria Torres Mejía: amigos -ahora- que, generosamente, me cambiaron su trabajo por una acuarela mía, una mujer volando sobre una alfombra.

Una vez terminado el proceso, mi hijo Hugo, como avispado y experimentado productor, me aconsejó que lo movamos en festivales. Lo estamos haciendo a través de la distribuidora MMS, Move My Short. En algún festival del mundo esta alfombra aterrizará y hasta me darán un premio.

Confieso que para mí, el verdadero premio de este proceso cinematográfico es, siempre, la oportunidad de reciclar: aprovechar para hacer arte con objetos encontrados, con telas usadas o materiales insólitos. Algo que me ha permitido dar nueva vida y dignidad a cosas aparentemente en desuso. Sé que la competencia en los festivales es enorme pero estoy muy contenta de haber convertido una idea en una película, haber constituido un fraternal equipo y hacer volar la imaginación de los espectadores.

FLYGANDE MATTAN es una película futurista dentro de su modestia; llegará un día que se venderán alfombras voladoras, baratas, dado el proceso robótico en el que ya estamos inmersos los humanos.

Aquí tenéis más información sobre esta película y su proceso de distribución: http://movemyshort.es/wordpress/flygande-mattan/

Por último, cada día que iba a coser la alfombra, luego, bajaba a saludar a mi amiga Elena Santonja y tomábamos el té con risas. Estaba ya muy enferma, por eso le he dedicado” in memoriam” nuestra Flygande Mattan. Elena no ha llegado a ver la película pero a ciencia cierta sé que ella anda vagando cómodamente por los espacios siderales del Universo, dado su espíritu aventurero. Desde allí, se contemplan las más fascinantes películas del Universo. Volemos pues con nuestra imaginación a diario y hagamos de cada momento una pequeña obra de arte. ¡Viva el Cine!

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imagen-post-11-trabajo-preceptoRedacción “El trabajo como precepto Divino”. 1 Mayo 1965

Juanita Andueza – Primer Premio Nacional – Centro Sindical “La Elipa”.

“Según me han contado, Dios hizo el mundo en seis días y el séptimo descansó. Sentado encima de un montón de mundos pequeños, claro estaba muy cansado, Dios dijo me he pasado porque esto es muy grande que ni yo mismo puedo mirar en donde acaba. Yo no sé cuánto tiempo estuvo mirando Dios su trabajo, tan enorme, pero no estaba contento, las cosas que había creado estaban como paradas. Lo voy a poner en movimiento porque me aburro y Dios movió las manos, entonces las cosas empezaron a moverse. Yo no sé medir cuanto tiempo estuvo Dios mirando eso tan grande que se movía y se hacía más y más y más grande. Dios estaba sentado encima de un montón de mundos pequeños que eran como una butaca de orejas. Para darse cuenta de lo grande que era todo Dios se subió a la butaca. Su trabajo era bueno, el mundo crecía y todo se movía. Unas cosas muy pequeñas se movían más que nada. Eran los hombres y las mujeres del mundo más pequeño que trabajaban para estar vivos. Dios se puso contento, de todo su trabajo esas cosas pequeñas, los hombres y las mujeres, trabajaban tanto como él. No paraban de trabajar con el suelo, con la ayuda de los animales, con el agua, con la lluvia, con el fuego, con la ayuda de los más inteligentes. Todo trabajaba para estar vivo. Los hombres y las mujeres no paraban. Dios dijo que para eso les había creado y ahora podía descansar. Entonces, Dios se tumbó en unos mundos pequeños que hacían de cama y vio como los hombres y las mujeres siguieron trabajando, hasta ahora”.

Ha sido toda una sorpresa: Tirando y ordenando papeles, me he encontrado con el arrugado borrador de esta redacción tan antigua. Una redacción con la que gané este premio, en competición con muchos colegios nacionales, en el sagrado día del Trabajador Sindical. Aunque pueda parecer infantil que a mis dieciséis años yo describiera, con esa sencillez y pureza, el comienzo del Génesis, hay que comprender cuál era esa época franquista, católica, aislada y oscura en la que vivíamos los españoles y, sobre todo, las mujeres adolescentes. Ahora sé que mi luz interior, mi fantasía, mi humor, mis ganas de aprender, abrían brecha en las tinieblas de un piso humilde y pequeño, en la mente de mi madre, tan doliente y violenta, en la sordidez ambiental y en la muralla de una sociedad amedrentada, asustada, ignorante y sometida. No era fácil respirar esa ignorancia en la que nos sumieron a los jóvenes de la posguerra, apenas unas bocanadas de oxígeno intelectual que había que inhalar por conductos secretos.

Recuerdo que la convocatoria era para celebrar el Día del Trabajo Sindical. Con cierta urgencia entregué mi redacción. Tiempo después, con toda seriedad y orgullo por parte de los profesores, me comunicaron que yo había ganado el primer premio nacional. Me acompañaron al Centro Sindical del barrio de La Elipa de Madrid, a recoger un diploma -que se ha perdido- y una colección de libros; una gorda biografía de Napoleón, que me fascinó, un MapaMundi -que aún conservo- y ese libro que enmarca esta subida de Blog: “Los secretos de la pesca submarina”: un libro fascinante para una joven como yo que, por entonces, aún no había tenido la oportunidad de ir a ninguna orilla a conocer ningún mar. Al menos, esa lectura sumergió a aquella Juanita en lugares ignotos, lejanos, para paliar la sequedad de ese mar rígido de Castilla. Los secretos de la pesca submarina me proporcionaron mucha más curiosidad aún por los profundos misterios del mundo. Y así sigo, escribiendo, para ganar el mejor premio de todos, conocer, inventar, relatar y bucear en los mundos cercanos y lejanos, en donde debe ser cierto que eso que llamamos Dios, Universo, Mente o Energía se fractala (palabra para definir lo indefinible) a Sí Mism@” interminable, infinitamente.